miércoles, 13 de noviembre de 2013

Segundo concurso de sueños


En la peña, sobre la peña,
duerme la niña y sueña.
(Tradicional)

I had a dream… Segundo concurso de sueños 

1. Podrán presentarse a este concurso de sueños cuantos soñadores así lo deseen, preferiblemente despiertos y residentes en el Campo Arañuelo. Habrá dos categorías: A. Soñadores que se presenten al concurso. B. Soñadores que no se presenten al concurso. Estos últimos parten, obviamente, con cierta desventaja.

2. Los sueños podrán presentarse en cualquier formato que resulte apropiado para trasmitir al lector, espectador u oyente la sensación de extrañeza y maravilla propia del género. Esto incluye, por ejemplo, sueños relatados en prosa o en verso (acompañados o no de ilustraciones), fotografías coloreadas o tratadas de algún otro modo, collages, composiciones musicales (con o sin letra), vídeos y eso otro que tú, noble lector, estás pensando, pero que a nosotros aún no se nos ha ocurrido.

3. Los sueños se depositarán, con o sin testigos, en el Cofre de los Sueños que se habilitará en la Biblioteca del IES Augustóbriga, sin indicación alguna de autoría, hasta el día 15 de diciembre (incluido). Podrán también enviarse a la cuenta de correo bibaugustobriga@gmail.com con el ‘asunto’ Concurso de sueños.

4. Durante los días que van del 16 de diciembre al 6 de enero, los trabajos permanecerán expuestos en la Biblioteca y en la página web de la Biblioteca (http://biblio-augustobriga.blogspot.com.es). Todas las personas que lo deseen podrán calificar de 1 a 10 cuantos sueños deseen, utilizando para ello el formulario que se pondrá a su disposición: constituirán así la asamblea anónima de soñadores que servirá de juzgado a este certamen.

5. Los trabajos que, al obtener la mayor puntuación, resulten ganadores (y quizá también los que no) se harán inevitablemente famosos y harán felices a las buenas gentes, lo que constituye el mejor premio al que cualquier autor pueda aspirar. Pero, por si eso fuera poco, en la semana de vuelta de las vacaciones de Navidad los participantes encontrarán sobre la mesa central de la Biblioteca los regalos que los Grandes Transparentes tengan a bien preparar para ellos, con la fórmula Para el autor de… Cualquier persona que se haya sentido conmovida por algún sueño y desee dejarle a su autor un regalo a modo de réplica está invitada a hacerlo.

jueves, 17 de octubre de 2013

Si vas a Ítaca (Irene Camacho)


En la entrada anterior recogíamos el poema de Constantinos Cavafis Ítaca, en la traducción de Anna Pothitou y Rafael Herrera. Hoy Irene, alumna de Literatura Universal, nos invita a leerlo con detenimiento: 


Constantino Cavafis nació en 1863 en Alejandría (Egipto), lugar donde también murió. El temprano fallecimiento de su padre, un rico comerciante de Constantinopla, provoca que la familia emigre a Gran Bretaña. Allí Cavafis aprende inglés y toma contacto con la literatura clásica inglesa.

Tras varios cambios más de residencia, ya adulto, se instala definitivamente en Alejandría; donde trabaja como funcionario, periodista y corredor de bolsa. Junto a esta vida organizada, coexisten en él la turbación que le produce su homosexualidad y una inquietud constante por la creación literaria.

Empieza a escribir poemas muy joven; aunque nunca quiso publicarlos de forma comercial, porque pensaba que ello le restaría independencia intelectual. Los editaba y regalaba a familiares y amigos.

Su afán por la perfección le hacía corregir incesantemente sus versos. Sólo consideró acabados 154 poemas, que se recogen como Poemas canónicos, y que se publicaron por primera vez en 1935, dos años después de su muerte. Los que el autor juzgaba inacabados se publicaron más tarde.

En el resto de Europa fue E. M. Foster quien divulgó su poesía, traduciéndola al inglés. A pesar de no tener una obra extensa, es considerado el poeta griego más importante del siglo XX, y uno de los más influyentes de la poesía moderna.

Ítaca es un poema, publicado en 1911. Estamos analizando una traducción de Anna Pothitou y Rafael Herrera, de 2003, que sigue el esquema métrico del original. Se compone de cinco estrofas, con número de versos variables (12-11-7-3-3).

La sencillez del tema elegido (el regreso tras un largo viaje a la tierra deseada) y el hecho de que estén escritos con un lenguaje coloquial huyendo de la retórica ayudan al autor a trasmitir el mensaje con facilidad: la importancia de disfrutar y aprovechar cada momento de nuestra vida (Carpe Diem).

Llama la atención que el narrador, el mismo poeta, se dirija a los lectores en la forma verbal de imperativo de segunda persona, como si impusiera cómo se han de hacer las cosas. El título del poema, Ítaca, y su evocación a la mítica Odisea denotan el deseo del autor de mostrar que el mensaje es atemporal.

Todo él es una alegoría donde Ítaca es la meta a conseguir y el viaje trasciende lo meramente físico, representando el camino interior que recorremos en la vida.

Encuentro tres partes diferenciadas en el texto. La primera coincide con la primera estrofa y presenta el tema: el viaje hacia Ítaca, como la meta que queremos lograr. Recomienda con qué actitud hay que afrontarlo: sin temor a las vicisitudes, metafóricamente representadas por Lestrigones, Cíclopes y Poseidón, monstruos mitológicos enemigos de Ulises en el libro de Homero. Otra metáfora que se repite en la estrofa es camino, como símbolo de nuestro recorrido en la vida Otros recursos destacables en estos primeros versos son el asíndeton (sea largo, lleno de peripecias, lleno de saberes), hipérbaton (si selecta es la emoción) y el paralelismo entre los versos 4-5 y los 9-10. Nos anuncia también que las dificultades no aparecerán ante nosotros si nuestro pensamiento y emociones son elevados y si no es que ya los llevas en tu alma; es decir, que los conflictos externos vienen provocados por otros internos y que desde nuestro interior los podemos hacer desaparecer.

Con la segunda estrofa nos encontramos la parte segunda del poema. Versa sobre cómo ha de ser el camino. Pide que sea largo, metáfora de vida prolongada en el tiempo y en acontecimientos. Otras metáforas a destacar serían mañanas de verano como momentos buenos, puertos vistos por primera vez que representan las experiencias nuevas. Éstos tienen que ser momentos de gozo para el lector y los ha de saber aprovechar. Las siguientes metáforas inducen al lector a detenerse en los comercios fenicios, como lugares de lujo y a comprar lujosas mercancías y aromas, símbolos de placeres, lujo y belleza, de los que haya que disfrutar. Encabalgamientos hay varios en el poema. Un ejemplo es el que se encuentra entre los versos 14 y 15 (mañanas de verano / en las que…). Igualmente exhorta a visitar ciudades egipcias, metáfora de lugares de sabiduría, para enriquecer el espíritu con el conocimiento.

Las tres últimas estrofas representan la tercera parte del poema: el final del viaje. Es la más profunda y recoge la esencia del texto. Hay que llegar a Ítaca, pero sin prisas, disfrutando y enriqueciéndonos con cada momento. Ítaca fue el comienzo y será el fin, es lo que ha movido nuestra vida, es nuestro objetivo; pero lo realmente importantes es lo que hemos vivido, lo que hemos disfrutado en el camino. Por eso hay que alcanzarla ricos de las cosas que la vida nos ha ido dando; de experiencias, deleites y aprendizajes. No necesitamos que Ítaca nos aporte nada más; ha sido el motor de todo y lo que originó la partida.

En estas estrofas abundan las personificaciones atribuidas a Ítaca (las riquezas te las traiga, te ha dado y no te ha engañado). Siguen también apareciendo metáforas (echar el ancla = alcanzar el objetivo, riquezas = gozos y viaje hermoso = buenos momentos). Aparece igualmente hipérbaton en llegar allí es tu objetivo.

Resumo estas ideas finales del poema diciendo que el pensamiento de alcanzar la meta es el que nos mueve; pero no hay que aplazar la dicha hasta alcanzarla. Tenemos que saber aprovechar el momento, las Ítacas que se nos cruzan en el camino. Así todo habrá tenido sentido, y en el puerto deseado miraremos hacia atrás y el viaje habrá merecido la pena; nuestra vida habrá sido dichosa.

Cavafis ha tenido una influencia determinante en otros escritores. Destacaremos al novelista británico Lawrence Durrell y los poetas novísimos españoles, especialmente José María Álvarez.

Sin duda es Luis Cernuda en su poema Peregrino del libro Desolación de la Quimera (1962) el que con mayor claridad hace referencia a esta Ítaca de Cavafis.

La adaptación más destacada de este poema la encontramos en la música. Lluis Llach en su álbum Viaje a Ítaca (1975) presenta una canción compuesta sobre la versión catalana del poema de Carles Riba, que ocupa toda la cara A del disco y logró un éxito considerable. Llach estructura su canción en tres estrofas, de las cuales la primera copia los versos de Cavafis. En la mayoría de sus actuaciones se limita a cantar sólo la primera parte; precisamente la síntesis del texto del poeta griego. Su versión proporciona una visión más política y social que la original, considerando el trayecto como una lucha hacia la libertad.

Joan Manuel Serrat ha recitado en numerosas ocasiones en sus conciertos este poema, en muestra de su reconocimiento.

Más recientemente un autor menos conocido llamado Rand Cardona ha publicado un CD llamado Triple Personalidad en el que incluye una canción, Ítaca, basada en el poema de Cavafis. Así vemos que sigue manteniéndose el propósito original del poeta: la atemporalidad de la idea de su concepción de la vida. Seguramente sus versos seguirán inspirando a otros autores y podremos seguir encontrando otras bellas Ítacas.

Irene Rocío Camacho García



a

martes, 1 de octubre de 2013

La Ítaca de Urkullu


No es muy común que los políticos hagan patente el trasfondo mítico de su discurso. Sucedió el otro día: hablaba el presidente de la comunidad autónoma vasca, Íñigo Urkullu, sobre las aspiraciones de su partido y de repente afloró a sus palabras la Grecia de Homero: Nuestra Ítaca es Euskadi, nación europea.

Pero ¿era realmente la Grecia de Homero? Quizás no. La visión de Ítaca como símbolo de la utopía (en este caso, del ajuste ventajoso con el que sueña el independentismo) depende menos de Homero que de un célebre poema moderno, él sí de inspiración homérica. Lo escribió Constantinos Cavafis, un poeta alejandrino de comienzos del siglo XX —y dice así, en la cuidada versión de Anna Pothitou y Rafael Herrera:

Ítaca 

Al emprender el viaje para Ítaca
desea que el camino sea largo,
lleno de peripecias, lleno de saberes.
A Lestrigones y Cíclopes,
a Poseidón airado no los temas,
que a tales no hallarás en tu camino
si es tu pensar excelso, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones y Cíclopes,
a Poseidón violento no habrás de encontrarte
si no es que ya los llevas en tu alma,
si tu alma no los alza frente a ti. 

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano
en las que con qué regocijo, con qué gozo,
llegues a puertos vistos por primera vez.
Detente en los comercios de Fenicia
y compra sus preciadas mercancías,
coral y nácar, ámbar y ébano,
y aromas exquisitos de mil clases,
cuantos aromas exquisitos puedas conseguir.
Visita muchas ciudades de Egipto,
y aprende y aprende de todos los que saben. 

Pero en la mente siempre ten a Ítaca,
porque llegar allí es tu objetivo.
Mas no apresures en nada tu viaje.
Mejor que dure muchos, muchos años,
y eches el ancla viejo ya en la isla,
rico de cuanto ganaste en el mundo,
sin esperar que las riquezas te las traiga Ítaca.

Que Ítaca te ha dado el viaje hermoso.
Sin ella no emprendieras el camino.
Pero no tiene ya nada que darte. 

Y si la encuentras mísera, no te ha engañado Ítaca.
Tan sabio que te has hecho, con tanta experiencia,
habrás ya comprendido las Ítacas qué son. 

1911

jueves, 19 de septiembre de 2013

Cultura clásica: un campo de ruinas encantadas (III y final)






Sucede que esto que pasa con las piedras, con las ruinas que se pueden ver, pasa también con las palabras, con las más comunes y vulgares que podáis imaginar. Por ejemplo, la palabra inventar. Todos sabemos lo que significa. Pero hay una parte oculta de su significado: significa lo que todos sabemos, pero también significa algo más. Inventar viene de una palabra latina (como si dijéramos, élfica: la lengua de los siete reyes moros de Mérida), invenire, y su significado primitivo es encontrar. Recordemos lo que le pasaba a Tolkien: cuando inventaba la lengua élfica en realidad lo que estaba haciendo es escarbar debajo de la lengua inglesa para encontrar (invenire) esa otra lengua más antigua y secreta.

Resulta, entonces, que un invento no es algo que viene de la nada: es más bien algo que ha estado siempre ahí, como una palabra que tenemos en la punta de la lengua. Y de repente alguien descubre que eso estaba ahí (por ejemplo, que se podía usar el agua para mover una rueda: la máquina de vapor), y eso es un invento, algo que podía ser. El inventor ha encontrado la manera de conseguir que eso sea verdad, que todos lo podamos ver y tocar.

Pero eso es sólo el principio. Todos sabemos que debajo de la cáscara, quizá no muy apetitosa, de una naranja se oculta la verdadera fruta, su pulpa y su zumo. Pero las palabras y las ruinas se parecen más bien a una cebolla: detrás de la piel exterior no hay una fruta, sino siempre nuevas pieles, nuevas capas. Por ejemplo, detrás de la palabra inventar estaba invenire, “descubrir, encontrar”. Pero también hay algo detrás de invenire, otra capa de la cebolla.

Resulta que invenire es una palabra derivada, como si dijéramos una palabra que viene de otra, una palabra hija. La madre de invenire es la palabra venire, “venir”. Para construir invenire lo que los latinos hicieron fue añadir al verbo venir la preposición in, que significa en, pero también hacia. Decir de algo que invenit significa, entonces, que ese algo viene hacia nosotros: no es tanto algo que nosotros buscamos, sino algo que de repente se nos aparece, se nos insinúa, se nos ocurre, para picar nuestra curiosidad y que nos pongamos a investigar. Quizá es una piedra que sobresale de la tierra, quizá una palabra que significa más de lo que parece, quizá una idea genial (utilizar el agua para hacer funcionar un motor) que después tenemos que desarrollar.

En todo caso, lo que viene a nosotros, lo que se nos ocurre, es siempre sólo una punta de la que tenemos que tirar. El mundo nos da una pista (entra en el agua y no se moja; no es sol ni luna ni cosa ninguna); pero somos nosotros los que tenemos que resolver la adivinanza (¡la sombra!).

Otra manera de verlo es ésta: nos dan una semilla; pero nosotros tenemos que regarla para averiguar si se trata de una rosa, de un dondiego, de cáñamo índico. Averiguar si se puede comer o no, qué tipo de flores da, qué sucede si la fumas…

Esto es lo que hacen los jardineros y los agricultores: toman las semillas que la naturaleza les da y con paciencia averiguan qué se esconde en ellas. Cultivar la tierra significa eso: resolver el enigma de las semillas. Lo que sembramos es un cultivo. A lo mejor estáis ya sospechando que estas palabras (cultivar, cultivo) tienen algo que ver con esa otra palabra que da nombre a la asignatura: cultura. Y así es: en nuestro peculiar élfico, en la lengua latina, cultura es el acto de cultivar. Sólo que el campo al que se refiere la palabra cultura no es otro que nuestra propia mente o espíritu: somos nosotros mismos.

Antes he dicho que una semilla es una adivinanza, que hasta que no la plantas no sabes qué se oculta en ella. Pero esto también es una media verdad. La otra mitad es que también la tierra es una adivinanza. Todos sabemos que no hay dos árboles iguales, dos sauces iguales, aunque las semillas que les han dado vida sean idénticas. La tierra en la que crece la semilla, las sales y minerales, la cercanía o no a un río, las corrientes subterráneas, etc., son lo que hace cada árbol único, diferente.

Pasa igual con el estudio de las ruinas, de las palabras, del latín… Cada uno de nosotros es una tierra a cultivar, y no sabremos lo que da de sí hasta que pongamos manos a la obra. Además, no es todo tan sencillo como echarnos semillas: muchas veces, lo que el estudio (o simplemente la vida) hace es regarnos, echar agua. Porque nosotros llevamos ocultas nuestras propias semillas, y lo que nos enseñan desde fuera no busca otra cosa que despertarlas…

Cultura, entonces, es cultivarse: arriesgarse a averiguar qué es lo que damos de sí, de nosotros mismos. Investigarnos para conocernos mejor; o para darnos cuenta de que, por más que excavemos (escarbemos) siempre habrá más, una parte asombrosa (asombrada) de nosotros mismos que todavía desconocemos.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cultura clásica: un campo de ruinas encantadas (II)






Para inventarse el élfico, y el mundo en el que los elfos vivieron, la Tierra Media, Tolkien siguió un método muy particular. Le parecía que detrás de algunas palabras de la lengua inglesa había una historia oculta: que esas palabras no procedían en realidad de la lengua de los hombres, sino de una lengua mucho más antigua; y que tirando de esas palabras (palabras como Earendil, por ejemplo) se podía ir sacando la lengua mágica de la que procedían.

Si os dais cuenta, todas estas historias son la misma historia, del mismo modo que, cuando empiezas a excavar en un campo de ruinas, las piedras sueltas que había aquí y allá resultan ser piezas de un mismo puzzle: por ejemplo, almenas de una enorme torre cuya mayor parte permanece escondida bajo tierra, arcos de un teatro sumergido.

También podéis pensar en lo que pasa cuando, ya despiertos, recordáis de repente algún detalle de vuestros sueños: por ejemplo, una puerta cerrada en mitad de una habitación oscura, por debajo de la cual se filtra un brillo misterioso. Tirando de ese recuerdo, empezáis a sacar el sueño, como el pescador que tira del hilo para sacar el pez, como el primer verso que se le ocurre a un poeta y del cual saca después un soneto o un romance.

¿Qué es esa dimensión maravillosa, esa memoria sumergida en la que se oculta la parte invisible de las cosas? En rigor, no la conocemos: sólo vemos las piedras sueltas que salen de la tierra, unas pocas palabras en élfico o en latín, una piedra de colores que alguna vez formó parte de un mosaico. Por eso tenemos que esforzarnos por tirar de ese hilo e ir sacando lo que se oculta tras las apariencias.

Por ejemplo, hace más de un siglo alguien empezó a excavar (a escarbar) en Mérida un conjunto de piedras muy raras, de ruinas. Los lugareños se habían dado cuenta desde hace mucho tiempo de que aquél era un lugar especial, encantado. Eran sólo siete piedras: y las llamaban Las Siete Sillas, porque decían que allí se habían reunido hace mucho tiempo siete reyes moros para deliberar sobre el destino de la ciudad.

Hoy sabemos que en realidad esas Siete Sillas eran sólo la punta del iceberg, y que tirando de esa punta fue apareciendo el teatro romano más bonito y mejor conservado de la Península. Pero la leyenda, a su manera, no mentía: quien por primera vez habló de las Siete Sillas adivinó que allí había un gran enigma, y que quien fuera capaz de solucionarlo averiguaría mucho sobre el destino de la ciudad y de quiénes la habían construido. Reyes moros, los llamó: pero es que en las tradiciones populares los moros son muchas veces como los elfos, criaturas extraordinarias que vivieron hace mucho tiempo en nuestros campos y nos han dejado un montón de tesoros encantados ocultos bajo la tierra.

martes, 17 de septiembre de 2013

Cultura clásica: un campo de ruinas encantadas (I)






Es un tópico feliz ese de que nada es lo que parece. Su verdad queda tal vez más clara si lo desarrollamos un poco: no es que las apariencias engañen; es que no dicen toda la verdad.

            ¿Dijiste media verdad?
            Dirán que mientes dos veces
            si dices la otra mitad,

como escribió don Antonio Machado.

Imaginemos, por ejemplo, en mitad de un campo de Extremadura, un paisaje de piedras (ni seis ni ocho: siete) que asoman entre la tierra y la hierba, entre campos de cultivo y pastos, uno de esos donde el viento, según dice el poeta, escapa a sus insomnios, silbando en la noche su enigmática melodía.

¿Por qué nos resultan tan sugestivas las ruinas, los restos de otro tiempo en que la vida pudo ser de otro modo? Siete piedras mal dispuestas, solo es eso y nada más, podría decir el viajero. Y siete piedras son, la ruina de un propósito, casi nada: del mismo modo que un iceberg puede ser una pequeña elevación de hielo que flota sobre las aguas. Pero, ¿qué hay debajo de ellas? Lo que vemos, nos dicen los estudiosos, es algo menos de un tercio (20%) de la inmensa montaña de hielo que las olas arrastran de aquí para allá. Sin embargo, es la parte invisible la que fundamenta el iceberg, la raíz de la que brota su arquitectura helada.

Hay algo seductor en esa imagen de algo que emerge sin aviso de la tierra o de las olas, trayéndonos el recuerdo de una Atlántida, de un mundo que ha estado oculto muchos años, pero que de repente se demuestra más duradero y resistente que la arena o las aguas que lo sumergieron (parecía que para siempre) en el olvido.

Muchos de vosotros conoceréis la historia de El señor de los anillos: habréis oído hablar de la película, habréis tenido la suerte de verla, y algunos la suerte todavía mayor de perderos (y encontraros) entre las páginas del libro de Tolkien.

Pues bien: hay una relación muy directa entre este libro y la historia que estoy intentando sugeriros, lo que hay detrás de ese nombre, Cultura Clásica. El propio Tolkien nos la contó en una de sus cartas.

Resulta que JRRT (John Ronald Reuel Tolkien) era profesor de inglés, de lengua y literatura inglesas, en la universidad de Oxford: en realidad, enseñaba anglosajón, una forma medieval de inglés. Cuenta una cosa que todos los profesores hemos vivido: que dar clase es una de las experiencias más bonitas que se puedan tener; pero en cambio corregir exámenes es un aburrimiento de los que ponen a prueba a Job y a su madre. Por eso, cuando se encontraba un examen en blanco o casi en blanco, en vez de maldecir al estudiante por lo poco que había trabajado, respiraba con alivio. Y a menudo pasaba que la hoja en blanco del examen empezaba a darle ideas, cosas que se le ocurrían y que él mismo no terminaba de comprender. Por ejemplo, un día, le dio por escribir en una de esas hojas: En un agujero en la tierra vivía un hobbit…

¿Qué es un hobbit?, preguntaréis. Y eso mismo se preguntó Tolkien. De esa frase enigmática y del intento de responderla salió la novela El hobbit, una de las historias más hermosas y absorbentes que se hayan escrito jamás.

La historia que hay detrás del resto de su obra tampoco tiene desperdicio. Tolkien cuenta que un día se le ocurrió de repente una frase en la lengua de los elfos, en élfico, una lengua que hasta entonces él mismo ignoraba. Traducido al castellano la frase dice: Una estrella brilla en la hora de nuestro encuentro. Pero suena mucho más bonito en élfico: elen síla lúmenn’ omentielvo.

Sucede que, como todo el mundo sabe, los elfos, lo mismo que los duendes o las hadas, no existen; tampoco la lengua élfica. Así que Tolkien tuvo que inventárselos ambos, a los elfos y al élfico; y tuvo que imaginar también en qué momento, en qué situación, pudieron algunos elfos, o personas que hablaban élfico, llegar a decirse esas palabras tan hermosas. La historia que cuenta cómo se llama El señor de los anillos.

jueves, 27 de junio de 2013

¿Qué ves desde lo alto de esa torre?


El libro Leyenda y creencia. Dialéctica de un género folklórico de Linda Dégh, publicado en 2001, es una contribución magnífica al estudio de la leyenda tal como se produce aquí y ahora, entre nosotros. Permanece inédito en español, pero parece un crimen no compartir con nuestros lectores, al menos, la anécdota (o parábola) que abre el volumen:  

Cuenta una vieja anécdota que un profesor de Derecho Tributario alemán, famoso por las preguntas enrevesadas que hacía en los exámenes, preguntó en un cierta ocasión a un alumno: «Si subieras a lo alto de la torre de esta iglesia, ¿qué verias abajo?». La respuesta, temblorosa y perpleja, fue: «Cosas... gente... vehículos». «Error», repuso el profesor, evidentemente un especialista obsesionado con su materia. «Verías sujetos y objetos tributarios». 

En la misma línea, si una folklorista no menos obsesa preguntara «¿Qué verías desde una torre que presidiera la sociedad occidental contemporánea?», quedaría de lo más complacida con esta respuesta: «Veo leyendas por doquier. Las veo en gran número, muy lejos de declinar o debilitarse como creen algunos». 

El alumno de Matrícula añadiría: «Veo leyendas que resisten los tiempos cambiantes, desafiando el pronóstico de los folkloristas tradicionales. Las veo proliferar cada vez más deprisa. Parece que caracterizan, y de hecho determinan, los pensamientos y las acciones de los individuos y los movimientos de masas».

miércoles, 19 de junio de 2013

BUENA NOTICIA

!Estamos de Enhorabuena!  Nuestra biblioteca llega a los 7000 ejemplares. Ahora os animamos a leerlos todos -no a la vez, ni en esta semana- pero sí a que encontréis novedades o libros de años anteriores que no hayáis leído.
Feliz Verano a todos...

miércoles, 5 de junio de 2013

5 de junio: Aniversario de Lorca

A pasarse por GOOGLE -quien no lo tenga en la página de inicio- y pinchad en el dibujo del jinete y su novia, para descubrir la vida de este poeta y dramaturgo (pintor y más).

Gracias  a la edición digital del ABCy EL PAÍS -el resto no lo reseña en sus noticias culturales-, por recordarnos a este famoso escritor...

lunes, 3 de junio de 2013

LOS DIEZ LIBROS MÁS VENDIDOS DEL MUNDO

¿TENÉIS O HABÉIS LEÍDO ALGUNO? (Fuente Yahoo News; ¿será verdad?)

1. La Santa Biblia.
2. Libro Rojo de Mao.
3. Harry Potter.
4. El Señor de los Anillos.
5. El Alquimista, de Paulo Coelho.
6. Crepúsculo.
7. El código Da Vinci.
8. Lo que el Viento se llevó (Margaret Mitchel).
9. Piense y hágase rico (Napoleon Hill).
0. Diario de Ana Frank.