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miércoles, 18 de marzo de 2026

Concurso de relatos Pero Alá es el más sabio: Universos paralelos

 

En una ciudad casi nadie hablaba del islam sin torcer el gesto. Se había vuelto normal decir que el islam era una enfermedad, algo peligroso, algo que había que eliminar, que era un suicidio para un país completo. Nadie sabía exactamente de dónde había salido esa idea, pero se repetía en todos los países no musulmanes. Ismael, un chico de dieciséis años, escuchaba esos comentarios todos los días. Los oía en la escuela, en el mercado, y en el telediario. Al principio se quedaba callado. Pensaba que discutir solo levantaría un alboroto. Pero cada vez que alguien hablaba con desprecio de su religión, se sentía preocupado, no por sí mismo, sino por la oscuridad en la que estaban todos los demás. Había crecido viendo a sus padres rezar en silencio y ayudar a los vecinos cuando lo necesitaban. Para él el islam no tenía nada que ver con el odio ni con el terrorismo. Era principalmente respeto hacia todos, tanto creyentes como no creyentes. Tras varios días de investigación saco una conclusión, sencilla y obvia pero potente: hay quienes se aprovechan del islam para generar miedo y malas influencias. Un día decidió hablar, primero con su familia, y la familia le dijo que no podía hablar; si hablaba, lo penalizarían las fuerzas legales del país. Luego habló con amigos, estos le dejaron hablar un poco más, pero tampoco se atrevían a hablar. Después con quien quisiera escucharlo. Decía que muchas cosas que se contaban no eran verdad. Que había personas que usaban el miedo para manipular. Que no se podía juzgar una religión por personas irresponsables que no se daban cuenta de sus errores, manipular en vez de fomentar. Algunos lo miraban como otro loco más de la parrilla, simplemente alguien que quería manipularte y luego no había manera de salir. Que estaba tratando algo que no tenía sentido; que Dios no existía. Ismael volvía a casa cansado y frustrado. A veces pensaba en rendirse. Lo único que le mantenía con ganas de fomentar el islam es que los mejores musulmanes son aquellos que ayudan a otras personas a enfocar su camino hacia la verdad, y para Ismael, la verdad era el islam. 

Durante varias tardes, Ismael se veía con valentía para salir en una plaza y hablar en alto, y soltar todo lo que tenía que soltar, pero nunca podía, la vergüenza le vencía y el miedo a ser arrestado también. Sin embargo, tras una semana intentándolo, le dio a todos sus sentimientos un disparo, salió a la plaza, sin aprensión, y se puso a hablar, y lo que temía sucedió, le arrestaron. Por suerte, solo le dieron un aviso y le dejaron libre, y debido a ese aviso y por librarse de un lío mayor, no volvería a hacer eso de nuevo. La rabia le tenía sin palabras, y no se le ocurrió otra cosa que hacer lo que le tranquilizaba, lo que le hacía humano, hacer aquello que le daba alivio, y en el caso de Ismael, era leer el Corán. Abrió el libro, por una página cualquiera, le daba igual, y tras un rato leyendo le entró la duda, la duda de si lo que estaba haciendo está bien, si de verdad estaba creyendo en la verdad, si de verdad Dios existía, y quiso comprobar por sí mismo si Dios existía. Para ello, cogió la lámpara de aceite antigua que tenía, la limpió, le puso su aceite y sin encenderla la dejo encima de una mesa, y empezó nada más ni menos que a dar oportunidades a Dios: si la lámpara se enciende por sí sola, Dios me demuestra que existe; si no se enciende, no existe. Y tras media hora intentándolo, lo intentó por última vez, ya cansado, y la lámpara, sorprendentemente, tampoco se encendió. 

Esto dejó confuso y frustrado a Ismael, al que no le quedó otra que seguir leyendo el Corán, seguir solo por seguir, sin motivo aparente. Y justo la página siguiente, un verso, decía el Corán: ¿Acaso no os hemos dado suficientes pruebas? Mirad las estrellas, mirad al cielo... y en este instante Ismael se detuvo, se dio cuenta de que lo importa no siempre es lo que está cerca, sino lo que está allá, lejos de nosotros, fuera de este planeta, y anoche salió corriendo a darse un paseo por el campo, donde hay oscuridad total, donde no hay luz de la ciudad, para observar el cielo, las estrellas Y tras un rato paseando, escuchó una voz, y no, no era Dios quién hablaba con él, tampoco era un ángel, tampoco el Diablo, además de esa voz escuchó los toques de un triángulo, y esas voces no eran humanas, le entró curiosidad, pero también estaba aterrado, una voz aguda, solo hacía murmullos, no decía nada con sentido, y al acercarse, lo que vio, fue precisamente nada, y ahí se dio cuenta de lo que estaba presenciando: un jinn, criatura invisible, de un universo paralelo, con libre albedrío, y en ese momento se percató de algo más, esos jinn también son prueba de que Dios existe: si existen mundos paralelos, entonces no es normal que esto sea puro azar, Dios existe. Esto le dio fuerzas para volver a su dudada fe. Desde ese momento, Ismael cambió, se volvió más fuerte mentalmente, con más voluntad, y creció siendo filósofo desarrollando teorías sobre la existencia de Dios. Y en el último instante Ismael recordó todo lo que había cambiado, todo por un suceso corto y un día que no se esperaba, por culpa de un jinn, ahora era lo que era, filósofo, con muchos seguidores, y con muchas dudas resueltas, concluyendo así que no siempre los planes salen como te esperabas, pueden salir peor si te rindes, o pueden salir mejor si persistes.

domingo, 15 de marzo de 2026

Concurso de relatos Pero Alá es el más sabio: Mansa Musa


Bajo la luz de la luna, Mansa Musa cruzaba el desierto con su caravana, camellos cargados de oro y hombres vestidos con túnicas blancas. Cada noche, mientras descansaba junto al fuego, escuchaba a los viajeros árabes contar historias de reyes sabios, genios escondidos y ciudades llenas de secretos. Mansa Musa repartı́a oro con alegrı́a en cada lugar donde se detenı́a, saludando a los necesitados y ayudando a los pobres, sin darse cuenta de que su generosidad alteraba los mercados. En El Cairo, los precios subieron y bajaron de manera extraña, y los comerciantes se lamentaban de la confusión que causaba su paso, mientras él seguı́a su viaje con calma, pensando solo en dar.

Cuando llegó a Fez, oyó hablar de la gran Universidad de Fez, donde se estudiaban religión, astronomı́a, medicina y filosof́a en árabe. Sin entender todo lo que veı́a, pidió que le enseñaran algunos libros y permitió que los sabios visitaran su caravana. Se dejó maravillar por las voces que recitaban textos antiguos y por los pergaminos llenos de conocimientos, sin imaginar que ese encuentro cambiarı́a para siempre su reino. Cada noche, mientras dormı́an los camellos, los relatos continuaban, y Mansa Musa sonreı́a escuchando sin cuestionarse nada más.

Al regresar a su tierra, trajo maestros, libros y poetas para que enseñaran a su pueblo, y construyó escuelas y mezquitas. Nadie notaba que, sin querer, habı́a desorganizado los mercados y causado problemas económicos; su generosidad era tan grande que nadie podı́a enojarse con él. Con el tiempo, cuando murió, los habitantes recordaron no el oro que habı́a dado, sino las historias, las enseñanzas y los libros que habı́a traı́do de tierras lejanas, igual que las noches de cuentos que escuchó en Fez. El legado más grande de Mansa Musa quedó invisible a los ojos: la curiosidad, la educación y la bondad que continuaron viajando por generaciones.

Concurso de relatos Pero Alá es el más sabio: La pequeña detective

 

No podía imaginarme que la casa de mis abuelos pudiera parecerse a la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones. Pero allí estaba yo, plantada frente a la puerta del dormitorio de los abuelos viendo cómo unos policías registraban o recogían pruebas de un robo que acababa de suceder.

Porque yo estaba convencida que lo que los ladrones se habían llevado de mis abuelos eran tesoros que habían ido guardando a lo largo de muchos años. Y según los cuentos que me narraba mi abuela antes de dormir, en la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones se almacenaban tesoros como los que custodiaban mis abuelos.

Además los policías habían dicho que el robo había sido cometido por un grupo numeroso de ladrones que actuaban por la zona. Intenté por todos los medios que la policía me escuchara porque yo sabía, o mejor dicho estaba segura, que los delincuentes eran Alí Babá y los cuarenta ladrones.

—¡Quita de en medio niña, no estorbes y ve a jugar! -esa fue la contestación que recibí por parte de los policías.

No me iba a dar por vencida así que acudí a mi abuela y le dije:

—Abuela, yo sé quiénes han robado.

Mi abuela pensó que podría dar alguna pista y me miró fijamente.

—Dime mi niña ¿acaso has visto algo?

—No, abuela —le contesté—, pero estoy segura que se trata de Alí Babá y los cuarenta ladrones.

Mi abuela entonces atribuyó a mi imaginación infantil la deducción a la que había llegado, y por ese motivo no me hizo caso.

A los dos días una noticia aparecía destacada en la portada de todos los periódicos: habían detenido a una banda que se dedicaba a robar y se llamaba así mismos “Alí Babá y los cuarenta  ladrones”.

Concurso de relatos Pero Alá es el más sabio: La lámpara de las arenas brillantes

 


En la ciudad de Samarkanda, famosa por sus bazares llenos de especias y telas de mil colores, vivía Layla, una joven curiosa y valiente. Le gustaba pasear entre los puestos, oler los aromas de las especias y escuchar los gritos de los vendedores, aunque a veces le molestaba el ruido.

Un día, mientras caminaba por un rincón apartado del mercado, vio un cofre viejo y polvoriento escondido entre unas alfombras. Lo abrió con cuidado y dentro encontró una lámpara de oro que brillaba con cofre viejo y polvoriento escondido entre unas alfombras. Layla no pudo resistir la tentación de frotarla… y bueno, pasó lo que todos imaginan.

De repente, con un estallido de luz y un chorro de humo azul, apareció un genio enorme y sonriente, con túnica azul y ojos que parecían chispear.

—¡Por fin me liberas! —dijo el genio—. Puedo concederte un deseo, pero… piensa bien antes de pedir.

Layla miró a su alrededor. La ciudad era hermosa, sí, pero sabía que muchas personas tenían problemas. Pensó unos segundos y dijo:

—Quiero que todos en Samarkanda aprendan a ayudarse y  compartir entre sí.

El genio asintió y levantó los brazos. Un polvo dorado comenzó a cubrir la ciudad. Al instante, los mercaderes empezaron a regalar un poco de sus productos, los vecinos compartían comida, y los niños jugaban juntos sin pelear… al menos por un rato.

Pero Layla pronto comprendió que la magia no duraría para siempre. La verdadera magia estaba en el corazón de cada persona, no solo en la lámpara. Decidió entonces enseñar a los demás que la bondad y la generosidad eran lo más poderoso de todo, aunque no siempre fuera fácil.

Y así, bajo los cielos estrellados de Samarkanda, la ciudad brilló como nunca antes. Quizá no todos lo recordaron siempre, pero algunos sí, y eso bastaba para que la ciudad siguiera un poquito más feliz cada día.

Concurso de relatos Pero Alá es el más sabio: Omar y el anillo mágico de Samarcanda

Hace mucho tiempo, en una gran ciudad llamada Samarcanda, un joven y atrevido muchacho llamado Omar realizó uno de los mayores hallazgos hechos por el hombre sin ser consciente de ello. Omar era un muchacho de no más de 20 años con una vida bastante sencilla, por las mañanas madrugaba para ayudar a sus padres con el negocio que tenían montado en el gran mercado de la ciudad, mientras que por las tardes se dedicaba a leer y estudiar las leyendas y cuentos antiguos de Samarcanda. El día a día era bastante entretenido, los grandes mercados eran transitados por miles de personas pues eran lugares mágicos donde era posible encontrar cualquier cosa. Un día como otro cualquiera Omar se encontraba por la tarde en la biblioteca del lugar leyendo sus libros favoritos hasta que uno de sus amigos le contó que había llegado a la ciudad un mercader que viajaba de continente a continente portando objetos muy exóticos. Inmediatamente Omar se sintió interesado por la clase de objetos que aquella persona podría vender, por lo que a la mañana siguiente decidió ir a echar un vistazo. Aquella mañana quedó en el negocio de sus padres con su amigo Hassan, hijo de uno de los mayores comerciantes del mundo, por lo que Omar sabía que valdría la pena conocer a aquel mercader. Al llegar al lugar se encontró con un callejón escondido, no muy amigable, pero siguió las indicaciones de Hassan y entraron a su interior. Sorprendentemente la parte de dentro estaba cuidadosamente decorada con lámparas y papel con estrellas, además dentro se percibía un olor que resultaba agradable. Omar comenzó a examinar cada objeto del lugar, había desde trajes de seda hechos a mano con un hermoso diseño hasta mapas de lugares que no conocía y plumas de animales de los que nunca había oído hablar. Pero entre todo aquello había algo que le resultaba familiar, algo de lo que había leído en uno de sus libros, el anillo del príncipe Mohammed. Cuenta la leyenda que aquel que lo tuviese en su poder y pronunciase las palabras adecuadas gozaría del poder y la riqueza que quisiese sin límite alguno. Omar tenía dinero ahorrado que había ganado en el mercado con sus padres, así que no dudó en comprarlo y llevárselo a casa. Aquel día estuvo buscando todos los libros que hablasen sobre el príncipe Mohammed, recabando toda la información posible para tratar de averiguar las palabras correctas y revelar el misterio que escondía aquel anillo. Tras horas de búsqueda no encontró nada y decidió volver a casa a descansar. Al día siguiente acudió en la búsqueda de aquel extraño lugar donde había comprado el anillo, pero al llegar al lugar tan solo encontró un callejón sin salida. Era impresionante cómo había desaparecido la tienda sin dejar rastro alguno de un día para otro. Tras contarle lo ocurrido a su amigo Hassan concluyeron que simplemente había sido una estafa y que no volvería a ver en la vida aquel lugar de nuevo. Al llegar la noche Omar seguía pensando sobre lo ocurrido, era incapaz de creer que todo hubiese sido un engaño y que aquella leyenda hubiese sido una farsa, y en consecuencia decidió seguir con su investigación en otra biblioteca, la más antigua de todo el mundo.

Tras acabar de trabajar acudió de inmediato a la biblioteca con el anillo que había comprado a aquel mercader. Omar decidió que era mejor buscar en aquel lugar porque en caso de existir lo que buscaba debía ser en aquel lugar.

Cuando llegó a la sección de los cuentos del príncipe Mohammed algo entre aquellos libros comenzó a brillar hasta que apareció un libro que antes no estaba, todo a causa de aquel anillo mágico. Al abrir el libro descubrió que no existía ninguna combinación de palabras mágicas, sino que tan solo tras abrir el libro en presencia del anillo un genio mágico aparecía de entre sus páginas. El genio felicitó a Omar por su ingenio y destreza, y tras eso, le confirmó lo que decía la leyenda, ahora estaba en su derecho de pedir todo lo que desease. Lo primero que hizo fue pedir dinero para que su familia no tuviese que volver a trabajar nunca, y así pues, el deseo se cumplió y Omar recibió una gran cantidad de dinero. Tras ver que aquello era real se alegró y preocupó a la vez, pues en las manos equivocadas ese libro podría conllevar una catástrofe. Aquel día Omar se fue a dormir con más dudas que respuestas.

Al día siguiente Omar entregó parte del dinero a sus padres con la escusa de que lo ganó con otro trabajo pues no quería desvelar aquel secreto a nadie. Estuvo todo el día leyendo aquel libro donde aparecía el genio y descubrió que quien lo hubiese abierto y usado estaría condenado de por vida a acabar al igual que el genio, es decir, encerrado y privado de su libertad. Omar se sintió abrumado de golpe y no sabía qué hacer, así que decidió llamar al genio encerrado. Le pidió que su deseo era no acabar igual que él, pero el genio le respondió que ya era tarde pues ya había usado uno de los deseos y además con un fin material pues pidió dinero. Omar argumentó que él realmente no quería el dinero para él mismo sino que era todo para su familia y esto pareció convencer al genio. Sin embargo, era ya algo inevitable, y Omar fue atrapado por el libro. En su interior encontró al genio mágico en su forma humana, era una persona normal y corriente como Omar, pero envejecida y con signos de avanzada edad. El señor le contó a Omar que él sería el nuevo genio y que quedaría encerrado hasta que alguien hiciese lo mismo que hizo él, y tras eso, sin mediar ninguna palabra más, el hombre desapareció y Omar quedó solo.

El anillo del príncipe Mohammed fue devuelto al extraño mercader y el libro desapareció. De esta forma Omar pese a su ingenio y generosidad fue atrapado por una maldición que nunca acabará.

 Fin.

 

Concurso de relatos Pero Alá es el más grande: Nabil y la lámpara mágica

 Merzouga / Erg Chebbi: un horizonte de dunas

Nos situamos en el desierto de Erg Chebbi, en Marruecos, cerca del año 1090. Nabil, un muchacho de 24 años, vivía en un pueblo llamado Rimal. Tenía un espíritu explorador, el cual le hacía tener que estar continuamente en busca de alguna reliquia. Podía pasarse días explorando el desierto hasta encontrar algún tesoro, del cual donaba una parte al gran sultán. Llevaba haciendo esto desde pequeño, cuando lo hacía con su padre, y siempre había pensado que a la parte de lo encontrado que él no necesitase le daría mejor uso el Sultán.

Una tarde, mientras Nabil paseaba por el pueblo se topó con cuatro hombres armados hasta los dientes. Estos eran guardias del ejército personal del rey que venían buscándole a él, ya que el sultán había oído de sus aventuras y le reclamaba en palacio con la máxima brevedad posible para proponerle una expedición que solo alguien con su experiencia podría realizar. Sin dudarlo cogió lo imprescindible (ropa, algo de comida y unos utensilios básicos) y se fue rumbo a palacio.

El trayecto duró unos 3 días. Al llegar, Nabil pudo vislumbrar el inmenso palacio del que tanto había escuchado hablar desde pequeño. Este estaba construido por un tipo de piedra, cuyo color reflejaba el potente brillo del sol. Era muy distinto a cualquier edificio que hubiese podido ver en su vida. Inmediatamente fue recibido por 2 damiselas, las cuales le guiaron hacia la habitación donde se alojaría durante su estancia. Después fue llevado a ver el sultán. Nabil no podía creer que fuese a conocer al sultán, una de las mayores eminencias de cualquier desierto y a quien le había donado tal cantidad de riquezas.

El sultán entró en la habitación con un paso ligero. Se detuvo enfrente de Nabil en un trono decorado con múltiples piedras preciosas. Nabil realizó una reverencia y preguntó cuál era el motivo de su visita. El sultán le contó que había logrado encontrar un mapa el cual marcaba la ubicación de una lámpara mágica. Quería que la encontrase y se la llevase a palacio. Este tipo de lámpara era lo que todo buscador de tesoros en el desierto soñaba con encontrar, y se le había presentado una oportunidad clave que no podía dejar pasar. Sin pensárselo dos veces Nabil aceptó la misión, sin saber el peligro que esta misión suponía.

Salió de palacio a la mañana siguiente, con un objetivo en mente: encontrar esa lámpara y traérsela al sultán. Estuvo 5 días seguidos sin parar de andar, subiendo y bajando dunas en ese inmenso desierto. Al sexto día logró ver a lo lejos un bulto que destacaba de las demás dunas. Andó en esa dirección durante las próximas 2 horas, con la curiosidad de ver que había allí. Según se acercaba más el bulto se iba haciendo más y más grande. Cuando al fin llegó a su destino no lo podía creer. El palacio del sultán se quedaba chico al lado de esto. Se encontraba frente a un templo abandonado del tamaño de una ciudad entera. Este parecía que estaba abandonado, por lo que Nabil soltó todas sus cosas y entró sin ningún miedo. El templo estaba formado por ocho plantas, cada una más pequeña que la anterior, todas con forma cuadrada y con un gran agujero en el centro (salvo la más alta) el cual daba a un pozo el cual no parecía tener salida. Subió poco a poco las plantas, fijándose detenidamente en las paredes que lo rodeaban. Cuando llegó a la última planta encontró un pedestal con algo brillante en lo alto. Se acercó y por fin lo vió. Estaba frente a una lámpara mágica, una de las de verdad. Sin pensárselo 2 veces corrió hacia ella, sin esperarse lo que ocurriría antes de llegar a ella. Pisó una baldosa marcada con una X, la cual abrió el suelo de alrededor de la lámpara y cayó directo al pozo sin salida.

Nabil empezó a caer, a caer y a caer pensando que ese era su fin. Pero, de repente, cayó en un gran montón de arena el cual amortiguó la caída. No se lo podía creer. Estaba vivo, pero atrapado. Miró a su alrededor y pudo ver en el pie de la montaña grandes montones de huesos. Supuso que no era el primero en caer en la trampa, y que nadie había logrado escapar de allí. Tenía que empezar a pensar en cómo salir de allí y rápido. Miró a su alrededor y en una de las esquinas vio otra cosa que no se esperaba encontrar allí. Se acercó y la cogió con sus propias manos. En efecto, era una auténtica alfombra voladora, con la que podría escapar fácilmente. La abrió e intentó hacer que volase, pero no funcionó. Lo volvió a intentar y nada. Entonces se fijó bien y vió que una de las esquinas de la alfombra tenía un grave corte y por eso no funcionaba. allí abajo no tenía ningún tipo de material para arreglarla, por lo que si no escapaba no podría repararla y no le servía de nada en ese momento. Volvió a echar un vistazo a su alrededor y encontró varias cosas que no servían de ayuda. Entonces la vió, una larga cuerda colocada dando vueltas a un pilar. Comenzó a desenrollarla a la vez que pensaba en cómo la podría usar para escapar de allí. Entonces se le ocurrió una idea para escapar. Podría usar algún hueso para colocarlo en la punta de la cuerda y usarlo de gancho para lanzarlo y  usarlo para escapar al exterior. Dicho y hecho cogió el hueso más parecido a un garfio y lo ató a la cuerda. La empezó a dar vueltas para coger impulso y la lanzó, teniendo la suerte de haber acertado a la primera. Se colocó la alfombra como pudo y subió los metros que le separaban de la superficie.

Tras un buen rato escalando, Nabil logró llegar al exterior. Se dirigió donde había dejado la mochila y comprobó que, en efecto, había cogido aguja e hilo por si acaso, por lo que se puso a coser el roto de la alfombra. Una vez cosida la volvió a probar y esta vez sí que funcionó a la perfección. Para evitar percances de nuevo subió con la alfombra a donde estaba la lámpara y la cogió sin tocar el suelo. Una vez completada la misión recogió sus cosas y se dirigió volando al palacio.

Esta vez el viaje de vuelta solo duró unas pocas horas. Cuando llegó al palacio solicitó que urgentemente le llevasen a ver al sultán, ya que le traía un objeto muy valioso. Se volvieron a reencontrar en la misma posición que unos días atrás y le entregó la lámpara. El sultán la frotó y empezó a salir un humo de colores, hasta que se pudo vislumbrar una figura humanoide. Ese era el genio de la lámpara, quien podía llevar ahí encerrado o muy pocos años o una eternidad. El rey tenía los ojos llorosos. Tenía ante sus propios ojos a un genio de la lámpara, uno de los seres más difíciles de ver para cualquier hombre, mujer o ser vivo en la tierra. El sultán, en agradecimiento, le permitió a Nabil usar unos de sus deseos. Además le pidió que no le enviase más ofrendas, ya que tenía 2 habitaciones del palacio repletas de sus tesoros. Nabil se lo agradeció mil veces y sin pensárselo dos veces pidió su deseo. Este no fue lo típico de pedir riquezas o un título nobiliario. Su deseo fue que su familia fuese feliz y que pudiesen vivir una vida tranquila sin mucho esfuerzo. Tras esto recogió sus pertenencias y voló de vuelta a Rimal, su pueblo. Allí le contó su aventura a sus padres y su deseo. Ya con esto y las reliquias de más que lograse en sus expediciones su familia lograría un gran patrimonio, el suficiente para poder mudarse a la ciudad donde vivirían una próspera vida y podrían ver el hermoso palacio a diario.