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viernes, 18 de diciembre de 2015

Torres de marfil y Torres de la canción

Jorge Luis Borges, escritor argentino prolífico donde los haya, tiene, como no podía ser menos, un cuento en el que la protagonista es una torre:

Un sueño

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular... El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.
FIN

En este maravilloso cuento de Borges, el escritor argentino lleva hasta el extremo la idea del “poeta encerrado en su torre de marfil”. La expresión, que en realidad es de estirpe bíblica (ya lo vimos), sirvió desde el Modernismo para calificar a aquellos escritores que no se comprometían con la realidad sino que se evadían de ella, en oposición de aquellos autores que se implicaban con su tiempo (esta idea binaria, un tanto simplista, es la que ha separado durante décadas a los autores modernistas de los de la generación del 98, por ejemplo). Quizá fuera el propio Rubén Darío el culpable de las connotaciones negativas que hoy tiene utilizar la expresión “estar encerrado en una torre de torre de marfil”, porque él mismo, en un poema de Cantos de vida y esperanza , el autorretrato “Yo soy aquel que ayer no más decía” confiesa:

La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.

Sin embargo, en otro poema del propio Rubén Darío, que comienza “¡Torres de Dios!, ¡Poetas!/ ¡Pararrayos celestes/que resistís las duras tempestades”, identifica a los creadores (poetas) con este edificio defensivo, y además los califica como “divinos”, pues siguiendo una vieja idea filosófica el poeta es un médium, es tan solo un intermediario entre Dios y los hombres. Parece, por tanto, que este símbolo asociado a la creación es muy valioso para Rubén Darío.

En cualquier caso, Jorge Luis Borges, que era un escritor de vastísima cultura, conocía a Rubén Darío y la imagen del poeta encerrado en su torre de marfil. Probablemente, Borges sabía que en realidad los poetas tienen que estar encerrados en sus torres, porque para poder componer poesía o música, para pintar o para realizar cualquier acto creativo se necesita silencio, concentración, aislamiento (Juan Ramón Jiménez, otro poeta al que se acusó de estar encerrado en su torre de marfil, tenía recubierto de corcho su estudio para que nadie le molestara). Lo habréis comprobado si vosotros mismos habéis escrito algo. El ruido es enemigo de la inspiración. El poeta, novelista y cantautor canadiense Leonard Cohen, a quien os recomendamos que escuchéis, tiene una canción, “Tower of song”, en su álbum I`m your man (1988), donde vincula esa idea de aislamiento, creación, arte en un sentido catártico con el espacio físico de la torre, que le protege del desamor: 



Well, my friends are gone and my hair is grey
I ache in the places where I used to play
And I'm crazy for love but I'm not comin' on
I'm just payin' my rent every day in the Tower of Song

I said to Hank Williams: "How lonely does it get?"
Hank Williams hasn't answered yet
But I hear him coughing all night long
Oh, a hundred floors above me in the Tower of Song

I was born like this, I had no choice
I was born with the gift of a golden voice
And twenty-seven angels from the Great Beyond
They tied me to this table right here
In the Tower of Song

So you can stick your little pins in that voodoo doll
I'm very sorry, baby, it doesn't look like me at all
I'm standin' by the window where the light is strong
Ah, they don't let a woman kill you, not in the Tower of Song

Now, you can say that I've grown bitter but of this you may be sure:
The rich have got their channels in the bedrooms of the poor
And there's a mighty Judgement comin' but I may be wrong
You see, I hear these funny voices in the Tower of Song

I see you standin' on the other side
I don't know how the river got so wide
I loved you, baby, way back when...
And all the bridges are burnin' that we might've crossed
But I feel so close to everything that we lost
We'll never, we'll never have to lose it again

Now, I bid you farewell, I don't know when I'll be back
They're movin' us tomorrow to the tower down the track
But you'll be hearin' from me, baby, long after I'm gone
I'll be speakin' to you sweetly from a window in the Tower of Song.

Yeah, my friends are gone and my hair is grey
I ache in the places where I used to play
And I'm crazy for love but I'm not comin' on
I'm just payin' my rent everyday in the Tower of Song

TRADUCCIÓN:

Bueno, mis amigos se han ido, y mi pelo ya está gris.
Siento nostalgia en los lugares en los que solía jugar.
Y estoy loco por amor, pero ya no lo siento en absoluto.
Tan solo pago el alquiler cada día en la Torre de la Canción.

Le dije a Hank Williams: "¿Cuánta soledad se puede tener?"
Hank Williams no me ha contestado todavía,
pero lo escucho toser cada noche.
Oh, cien pisos por encima de mí, en la Torre de la Canción.

Nací así, no tuve oportunidad.
Nací con el regalo de tener una voz dorada.
Y 27 ángeles del Más Allá,
me ataron a esta mesa, aquí en la Torre de la Canción.

Así que puedes clavar esos pequeños alfileres en ese muñeco vudú.
Lo siento mucho, cariño, no se parece en nada a mí.
Permanezco en la ventana, donde la luz es intensa.
Ah, no dejan que una mujer te mate, no en la Torre de la Canción.

Ahora, puedes decir que he crecido amargado, pero de esto puedes estar seguro:
los ricos han tenido su hueco en la cama de los pobres.
Y hay una poderosa sentencia final viniendo, pero puede que me equivoque. Sabes,
escucho esas voces divertidas en la Torre de la Canción.

Te veo al otro lado.
No sé cómo se ha hecho tan ancho el río.
Te amaba, cariño, antes, cuando…
Y todos los puentes se están quemando, los que podríamos haber cruzado.
Pero me siento tan cerca de todo lo que hemos perdido.
Nunca tendremos, nunca tendremos que perderlo de nuevo.

Ahora, me despido de ti, no sé cuándo volveré.
Nos moverán mañana desde aquí hasta la torre,
pero me escucharás, cariño, cuando yo ya me haya ido,
estaré hablándote dulcemente desde una ventana de la Torre de la Canción.

Sí, mis amigos se han ido, y mi pelo ya está gris.
Siento nostalgia en los lugares en los que solía jugar.
Y estoy loco por amor, pero ya no lo siento en absoluto.
Tan solo pago el alquiler cada día en la Torre de la Canción.

(traducción tomada de www.letras-traducidas.net)

miércoles, 16 de diciembre de 2015

De (más) mujeres encerradas en torres, además de nuestra Rapunzel

En la mitología clásica, la más significativa de entre las mujeres encerradas en torres es quizás Dánae (que en griego significa “sedienta”, curiosa la sed de Delgadina del romance del pasado viernes). El padre de Dánae, decepcionado por no tener hijos varones, consultó el oráculo y le anunció que sería asesinado por el hijo de su hija (o sea, su nieto). Así que no se le ocurrió otra cosa que encerrarla en una torre de bronce (en otras versiones, una cueva). Pero no sirvió de nada, porque Zeus se convirtió en lluvia de oro, la fecundó y así nació Perseo (que efectivamente matará a su abuelo, Acrisio, rey de Argos). Dánae ha sido un personaje muy representado en la historia de la pintura: Tiziano, Rembrandt o Gustav Klimt tienen famosas Dánaes. La representada junto a estas líneas es de Jan Gossaert (1527), y la hemos seleccionado porque aquí aparece encerrada en una torre.


En la tradición judeocristiana, la torre simboliza a la considerada mujer por excelencia, la Virgen María (que es calificada en los textos doctrinales como turris eburnea). Esta asociación nace en el Cantar de los Cantares, libro de la Biblia atribuido al rey Salomón, y desde luego uno de los más bellos. El Cantar de los cantares cuenta una historia de amor entre un pastor y una muchacha, y en uno de sus versículos, el coro describe el rostro de la mujer de la siguiente manera (7:5):

Tu cuello, torre de marfil. Tus ojos, dos piscinas de Hesebón, junto a la puerta Mayor. Tu nariz, como la Torre del Líbano, centinela que mira hacia Damasco”.

A partir de ahí, y haciendo una interpretación alegórica de los textos bíblicos, se considera que si Cristo es la cabeza y el cuerpo la propia Iglesia, la Virgen (torre de marfil) es el cuello, es el modo de conexión entre Cristo y la Iglesia. Además, se destacan dos de sus atributos: la pureza (representada en la blancura del marfil) y la fortaleza de un edificio vinculado siempre a fines defensivos.

Otra mujer de la tradición judeocristiana asociada a la torre es la mártir y santa Bárbara de Nicomedia. En el siglo XIII, el dominico italiano Santiago de la Vorágine contó en su hagiografía La leyenda dorada la vida de esta santa, que comienza así:

“En tiempos del emperador Maximiano vivía en Nicomedia un tal Dióscoro, pagano de religión […]. Tenía este hombre una hija llamada Bárbara, dotada de tan extraordinaria hermosura corporal , que su padre, movido por el intensísimo amor que a su hija profesaba, y para evitar que cualquier varón la viera, hizo construir una altísima torre y la encerró en ella”.

Pero además de ser guapa, Bárbara era inteligentísima, por eso durante su encierro en la torre renunció a casarse, comenzó a leer y “se consagró al estudio de las artes liberales”. Llegó a los oídos de Bárbara que en Alejandría “vivía un hombre llamado Orígenes del que se comentaba […] que era el hombre más sabio del mundo […] y que conocía al Dios verdadero”, y con él estableció Bárbara una correspondencia secreta a espaldas de su padre.

Cuando el progenitor se entera de que ha abrazado la religión cristiana (y que incluso ha hecho construir una tercera ventana en su torre, símbolo de la Santísima Trinidad) no tiene ningún problema en entregarla al gobernador, para que la castiguen, mediante azotes, y hagan escarnio público, paseándola desnuda por su ciudad. Al final, la joven morirá degollada a manos de su propio padre. Eso sí, cuando este descendía la ladera “cayó sobre él desde lo alto del cielo un fuego misterioso que lo abrasó y consumió tan absolutamente que en el lugar donde esto ocurrió no quedaron siquiera las cenizas de su cuerpo” (La leyenda dorada, 2, capítulo CII).

Otra mujer, también desgraciada, asociada a una torre es Elaine, más conocida como “la dama de Shalott”. Este personaje pertenece al llamado “ciclo artúrico”. Vive en Shalott, una isla rodeada por un río que conduce a Camelot. El romántico inglés Alfred Tennyson nos cuenta su desgraciada vida en un poema muy conocido, sobre todo porque los pintores prerrafaelistas ingleses (la de aquí es de Waterhouse) utilizaron esta leyenda en varios de sus cuadros. Dice Tennyson que Elaine está encerrada en una torre presa de una maldición:

Allí, noche y día, teje
un mágico lienzo de alegres colores.
Ha oído un susurro advirtiéndole
que una maldición caerá sobre ella
si mira hacia Camelot.
Desconoce el tipo de que maldición es,
y debido a ello teje sin parar,
sin preocuparse de nada más,
la Dama de Shallot.
Y moviéndose a través de un cristalino espejo
colgado todo el año ante ella,
aparecen las tinieblas del mundo.
Ve la cercana calzada
discurriendo hacia Camelot:
ve los arremolinados torbellinos del río,
los rudos patanes pueblerinos,
y las capas rojas de las muchachas,
provinientes de Shallot.

Pero un día ve a través de su espejo a un apuesto caballero, Lanzarote del Lago, mira hacia Camelot por la ventana y la maldición se cumple… Se marchará hacia el mar en un barco a la deriva…