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viernes, 12 de junio de 2020

Cuando yo muera (Alejandro González)



El Club de Lectura es un empeño en el que el profesor de natación, que es quien les habla, también nada, y a veces también se ahoga. Puesto que nuestra dinámica nos ha llevado a la escritura, sobre todo, de poemas líricos (en prosa los de Disomnia; generalmente en verso los de Esther; siempre en verso los de Sergio), me ha parecido que lo que yo pudiera aportar como profesor de literatura no se podía deslindar de lo que yo, como escritor de poemas, hago o al menos intento.

Digamos que soy un ejemplo: en general, un mal ejemplo, un ejemplo de lo que no hay que hacer (esperar a los cuarenta y tantos para publicar mis versos, y hacerlo sin que el mundo parezca conmovido en lo más mínimo por el hecho); pero también un ejemplo, a lo mejor alentador, de cómo lo que sea que hay en los poemas es algo muy capaz de tenerte atrapado sin fin, más allá de la juventud y acaso hasta el final de tus días. Algo, en fin, que alimenta. Y tampoco está mal alcanzar, un poco más joven que Matusalén, el  reconocimiento de que te consideren publicable gentes que uno admira, como Elvira Lindo, Antonio Muñoz Molina y Luis Alberto de Cuenca (y sí: la lista acaba ahí; pero ¿a quién más querría añadir uno, si le dieran a elegir?).

Así que el poema de hoy es mío. Escrito, debo decir, en una racha muy productiva, que en parte pienso que está ligada a la actividad del Club (que a todos nos da energía), pero que es también una suerte de respuesta inmune de lo que en uno siga vivo contra la muerte cotidiana encarnada en los deberes escolares: correcciones, informes, papeleos y etc. Y de la Muerte habla el poema: no de la cotidiana, sino de la definitiva, personalizada según la vieja tradición medieval de las Danzas de la Muerte y las Coplas a la de su padre. Es un poema de esperanza, porque cuando uno va perdiendo cosas (y perdiendo, en general, el partido), llega un momento en que ya no es lícito, y sobre todo no es divertido, practicar la literatura como exploración incansable del malestar. Como le pasaba a Lucrecio con Epicuro, a mí, cuando me pongo un poco serio, me rezuma la enseñanza de Agustín García Calvo, su insistencia en que hacemos las cosas simplemente por si acaso, porque nunca se puede estar enteramente seguros de que no sirven para nada bueno. Al maestro, pues, remito. Va por ustedes.

Cuando yo muera, 
mi trocito peor se irá conmigo: 
mis caries, mis traiciones, mi molicie. 
Ojalá algo de tanto como anduve 
cantando y escribiendo, del cariño 
que encontré en los que amaba, 
tarde en morir un poco más que yo 
y deje de ser mío. Solo entonces 
dejará de morir, cuando no sepa 
la muerte en qué paquete empaquetarlo, 
en qué nicho enterrar las pertenencias 
a nadie (y a cualquiera) pertinentes. 
Ojalá que no sepa que te amé. 
Que te busque y se pierda. Que el amor 
la envuelva, la redima y la ensordezca. 


viernes, 14 de diciembre de 2018

When I was a boy (Club de Lectura)


WHEN I WAS A BOY...


....everything was right, canta John Lennon en She said,she said, una de las canciones del disco Revolver, publicado por los Beatles en 1966. La vuelta a la niñez, el viaje de vuelta, es una experiencia muy propia de la época: constituye el centro de la terapia psicoanalítica, que busca en nuestras vivencias infantiles la clave de nuestra personalidad adulta, y es también un momento clave de las experiencias con enteógenos como el LSD u otros fármacos psicodélicos, con los que Lennon y los demás Beatles andaban muy ocupados en aquellos días. Poco después, en 1967, publicarían un single cuyas dos caras (Strawberry Fields Forever y Penny Lane) son sendas retrospecciones sobre los recuerdos infantiles de Lennon y McCartney. Cada uno, eso sí, a su manera: Lennon, el eterno introvertido, ególatra y autocrítico al mismo tiempo, se describe a sí mismo como un niño subido a un árbol que queda demasiado arriba o demasiado abajo para los demás niños, incapaz de comunicarse con ellos (No one, I think, it's in my tree; I mean, it must be high or low), mientras que McCartney es el niño observador que recorre la Callejuela del Penique observándolo todo (el barbero que tiene en su tienda una foto de todos los clientes, el banquero que nunca lleva traje de lluvia, las chicas que son, a ojos de un adolescente ávido de amor, un fingerpie: un dulce pastel al que hincarle los dedos —y el diente). 

Lennon tenía motivos muy personales para sentir que cuando era un niño, todo estaba OK; y que luego no hizo más que irse al infierno. Cuando era un niño, sus padres vivían, e incluso vivían juntos. Luego, a los cinco años, se fue su padre, para no volver, y a su madre se la llevó por delante un coche cuando tenía 17 años. La sombra de esto le persiguió toda su vida. En el estribillo de Mother, una canción que grabó ya en solitario, en el disco de 1970 John Lennon. Plastic Ono Band, lo resume así: Mother, you had me / but I didn't have you. / I wanted you, you didn't want me. Father, you left me / but I never left you; / I needed you, / you didn't need me. La canción se cierra con este grito, repetido una y otra vez: Mama don't go, / Daddy come home.

Pero, aunque todas las infancias no fueran tan traumáticas como las de Lennon, el anhelo de recuperar aquello que perdimos al dejar de ser niños es recurrente en la poesía. Agustín García Calvo, para quien toda poesía era elegíaca, escribe en su poema Solo de lo negado que el hombre canta por su niño antiguo

Sólo de lo negado canta el hombre,
sólo de lo perdido,
sólo de la añoranza,
siempre de lo mismo.

Cuando cerró para siempre el huerto
la cancela de espinos,
entonces se inventó la queja de la lira,
la flauta del suspiro.

Y desde entonces sólo canta
en su torre el cautivo,
a su rueca la esclava,
el desterrado en el navío.

De la jaula aletea y sangra
el pájaro desconocido;
salir quiere y no puede:
su jaula es él mismo.

Y por eso el minero canta,
por un sol de oro limpio;
canta el pobre, la pena canta;
no canta el rico.

Entre las piernas de la amiga,
vida busca el amigo,
y se encuentra con un tesoro,
de verdes ojos fríos.

Y así es como canta el hombre,
por su niño antiguo,
y la boca sin pan y sin besos
y el cielo vacío:

siempre de la añoranza, de lo negado,
de lo perdido;
siempre de lo de otro,
nunca de lo mío.

Ambivalente, el adulto percibe la niñez, al mismo tiempo o por momentos, como algo que le ha sido extirpado y que no recuperará nunca y como lo único que nunca podrán quitarle (y, en verdad, como sabemos por quienes lo han vivido, los recuerdos infantiles se mantienen y hasta acrecientan su intensidad cuando uno empieza a perder la memoria de lo inmediato. Δὶς παῖδες οἱ γέροντες, dos veces niños los viejos, dice un proverbio griego). Lo segundo es evidente en proclamaciones como estas:

La verdadera patria del hombre es la infancia (Rainer Maria Rilke).

La poesía es un estado de infancia sostenida (Juan Ramón Jiménez).

Fernando Savater reivindicó la literatura que leyó de niño y adolescente en el que probablemente sea su libro más hermoso, La infancia recuperada; publicado en 1976. Como aprendió desde pequeño a leer en inglés y francés, allí hablaba, por ejemplo, de Tolkien cuando su obra aún no se había traducido al español. 

Una tentación para los poetas es intentar no ya hablar de la infancia, sino hacerlo desde ella, intentar recuperar la visión del mundo que uno pudo tener cuando era niño. Uno mismo lo intentó en este poema, por ejemplo: 

Escenas de niños

De niños, lo soñado es lo vivido
(quizás en otra octava) y todo es amplio
y al mismo tiempo íntimo: no sabes
si vuelves a tu casa o si tu casa
se vuelve a hacer visible. Tus amigos
provienen con certeza de otro mundo
y son como demonios familiares
que acuden y se van con flor de hechizo.
Tus padres, esos reyes tan solemnes,
esconden un bufón que te asesina,
romántico, a cosquillas. La desgracia
es sólo una muñeca polvorienta,
probablemente ajena. Siete y once
no saben todavía que son primos
y juegan a quererse. De pequeños,
el mundo es como el bosque; tú, la fiera
que no sabe por quién doblan los cuentos.



viernes, 12 de enero de 2018

Tres tristes textos (three cool cats)



TRES TRISTES TEXTOS




Desenrollemos hoy una alegoría: hay textos transparentes, textos traslúcidos, textos opacos. Hay períodos literarios transparentes (el Renacimiento, la Ilustración); otros traslúcidos, como el Barroco. Y otros que cortejan la opacidad (cierto romanticismo, el simbolismo, el surrealismo...).
Cuando leemos un texto transparente, sentimos que estamos en un lugar seguro, con muros, puertas y ventanas. Un lugar donde las cosas se dicen a las claras. Incluso si alguna cosa no se entiende de primeras, sus compañeras nos aseguran que no hay trampa ni punto ciego. Todo está en su lugar, todo es lo que parece. Si debemos esforzarnos por entender algo (tal vez nos pierda un hipérbato, una referencia mitológica, un concepto que no es obvio), lo hacemos con la certeza de que seremos recompensados, como en esos ejercicios escolares de matemáticas en que al final todas las divisiones tienen resto cero y todos los números decimales forman, sumados, un número entero. 

Otros textos, en cambio, son traslúcidos. Tienen partes no ya claras, sino brillantes. Y si brillan, elevadas a resplandor, es precisamente por el contraste con otras partes que son más suyas, renuentes, peculiares. Es como uno de esos retratos (los Beatles tienen uno inolvidable) en que una mitad del rostro aparece iluminada, mientras la otra se confunde en la penumbra con la inminente (o menguante) oscuridad. Uno, pues, no entiende todo. Pero lo que entiende es suficiente para entender que lo no entiende está diciendo, si no lo mismo, algo relacionado, próximo. Lo uno por lo otro, pensamos. Es como uno de esos palacios que podemos visitar, aunque pródigos en cintas rojas que nos ocultan dónde acaba un pasillo, qué hay detrás de una puerta, adónde lleva una escalera. 

Llegan, en fin, los textos opacos, como llegan la noche o la muerte. Son textos escritos en nuestra lengua, pero que parecen escritos por alguien que no es de los nuestros: un extraterrestre, un fantasma, un hueco. El texto opaco dice: nada digo. Y si algo dijera, no es de tu incumbencia. Y si lo fuera, no sabrías descifrarlo. Y aunque pudieras, no sabrías explicárselo a nadie. El texto opaco nos repele, y por eso nos atrae. Quizá no diga nada, pero ¡con qué elegancia lo sugiere! Contra el texto opaco nos estrellamos, como el mar contra las rocas. Al final, si el asedio persevera, algo de él entra en nosotros, algo de nosotros en él. Después de todo, tampoco nosotros somos criaturas luminosas, o no solo. Partes de nosotros aseguran: yo lo entiendo. No sabría explicarlo, pero siento aquí algo vivo, que me llega, me afecta. El espejo opaco refleja nuestra propia opacidad. Al final, no sabemos si encontramos en lo que leemos un sentido o si ese sentido lo estamos aportando nosotros. Y no estamos seguro de si importa.

Sin embargo, ningún texto es enteramente transparente, ni enteramente opaco. En mitad del texto transparente, sentimos que el autor dice algo que entendemos, sí. Pero qué raramente lo dice. Hay algo en su forma de expresarse que no es la nuestra, que no es nuestro. ¿De veras entendemos, cuando hablamos con alguien, todo lo que dice? Qué aburrido sería saber siempre lo que el otro está diciendo, y hasta lo que va a decir, y cómo piensa decirlo. Si el otro es otro, hay siempre en él una cierta alteridad, una cierta 'otreidad', que se nos escapa. En su Poética de Juan Panadero, escribe Rafael Alberti:

Mi canto, si se propone,
puede hacer del agua clara
un mar de complicaciones.

Pensemos en dos versos de Agustín García Calvo:

Distancia, de ti a mí, distancia.
Entre tú y yo, nada.

Todo es claro en estos versos. O no. El verso segundo parece que reafirma el primero (entre tú y no no hay nada: ningún enlace que cruce la inmensa distancia que nos separa). Pero ¿y si estuviera negándolo? Si entre tú y yo no hay nada, ¿qué nos separa? Nada. Nada, pues, más próximo que estos dos distantes. Y al recordárselo, ¿no está diciéndole el amante al otro que deben estar juntos, que nunca han dejado de estarlo?

Mas tampoco hay poema enteramente opaco, o ni siquiera lo percibiríamos. Quizá haya poemas enteramente opacos a nuestro alrededor, escritos en tinta invisible o que no han llegado a salir de su autor por las vías que naturalmente sirven para tal cosa, como los labios o los dedos. Quizá el naipe que nos encontramos en la calle y que recogemos o no del suelo, aparentemente arrojado o caído al azar, está cuidadosamente puesto en ese punto de la acera para formar con otros más o menos cercanos un puzzle, una secuencia numérica o alfabética que constituye un texto.

En fin: hay poemas que no vemos, por ceguera o por virtuosismo en el camuflaje. Mas los que vemos tienen forma, están plagados de palabras. Y algunas nos suenan. ¿De verdad es imposible hablar sin decir nada? Los psicoanalistas opinaban, muy al contrario, otra cosa. Pensaban, por experiencia, que si alguien se lanza a hablar sin controlar lo que dice acaba diciendo la verdad. Quizás habría que rebajar un poco una afirmación tan campanuda. Pero parece justo sospechar que quien habla mucho acaba diciendo, de verdad, algo. Y ese algo ¿qué podrá ser sino algo que le importa, que le atañe? Y lo que a un prójimo atañe, ¿puede de veras sernos ajeno? ¿Qué sentirá alguien que nosotros, de un modo u otro, no hayamos sentido también? Como toda obra humana, los textos opacos están diciendo que un ser humano los compuso. Incluso si sacó al azar las palabras de un saco, ¿quién las eligió y metió allí? ¿Quién eligió sacarlas, disponerlas, compartirlas? Sabe el amante que si el otro, enfurruñado con uno, obstinado en su silencio, accede al fin a decirnos algo, a hacernos un gesto, a mandarnos un emoji, algo se ha roto en su opacidad. En todo lo que compartimos con otros trasciende una voluntad de comunicación. Pues también manifestarnos renuentes, esquivos, misteriosos, es manifestarnos al cabo: desear hacerlo, afrontar el encuentro, deshacer el misterio de verdad (que es el vacío). Y lo demás es silencio.


jueves, 30 de marzo de 2017

La caja de Pandora: Mascarita, ¿me conoce? (Agustín García Calvo)


El concurso de lectura en voz alta es una de las iniciativas más interesantes que se plantean a nuestros alumnos. Se trata de rescatar la dimensión oral de la lectura, que en otro tiempo fue primordial y que, en un sentido profundo, lo sigue siendo. Un acierto de esta convocatoria es que rescata también, en la modalidad de lectura en grupo, la dimensión coral de la lectura, que puede aplicarse a textos dramáticos en los que aparecen varios personajes, pero también a textos líricos en los que encontramos contraposiciones y paralelismos.

En el texto que sigue, tomado de la obra de teatro Rey de una hora de Agustín García Calvo, encontramos ambos tipos de organización: la primera parte del texto corresponde a un grupo de Máscaras (a la veneciana) que abren la obra con su diálogo; pero la segunda es un poema o canto destinado al coro, a la manera griega. Hemos adaptado este texto a la lectura en grupo, de manera que sean las mismas 'máscaras' que abren la obra las que planteen también este enfrentamiento dialéctico inolvidable entre el Siempre y el Ahora.

Leen el texto Hugo García Pita, Sara Fernández, Lucía Murillo y Elena Collado.


miércoles, 14 de enero de 2015

Los sueños de Bebela


Quisiera esta entrada sincronizar un par de relojes: el que marca las horas del concurso de sueños y el que cuenta las pocas que faltan para que nos visite, este viernes a la una de la tarde, la poetisa Isabel Escudero. En la entrada anterior que le dedicamos, mencionábamos que el maestro Agustín García Calvo dedicó a Isabel, su compañera desde finales de los 70, un hermoso libro llamado Bebela (siendo Bebela, Isabela, una variante cariñosa de su nombre). Pues bien, de este volumen, publicado por primera vez en 1987, proceden estos versos, el canto 3 del mismo, que hablan acerca de nuestras dos materias: la dama Bebela y los sueños.
 
Por lo demás, ¡ah, quién pudiera en los ensueños 
de Bebela entrar!, como se cuela en el cinema 
por entre las pieles del señor y su señora 
el mocoso rapazuelo que de aquel palacio 
no tiene entrada ni dinero que la compre. 
Pues eran los ensueños que las noches de ella 
poblaban no ya sólo ricos y ocurrentes, 
sino que además los recordaba de despierta 
con la nitidez de los vitrales de colores, 
y solía, generosa, en límpido relato 
regalárselos de vez en cuando a los amigos. 
Que tantas eran las industrias de sus sueños,
pasando indiferentes de si a la Bebela 
durmiente la sonreía o si la espeluznaba 
la serie de aventuras y trasmutaciones, 
que a veces ella nos decía que sus horas 
despiertas eran el descanso de lo mucho
 que soñando trabajaba. Pues a bien que en esos
túneles y laberintos de fantasmagorías
que a Bebela le otorgaba la dejación bendita
de leyes y voluntad, querríamos los pobres
de ensueños, aunque sea por su tercería,
entrar un poco, a respirar de los jardines
de flores que se convierten por capricho acaso
en arañas o culebras, y a beber del agua
tal vez de oro venenoso que de alguna
sed soterrada mana por los arriates
del sinsentido. Bah, ya sé que los ensueños
también sus leyes tienen y su maquinaria,
que la cándida impiedad del inspector de almas
sabe vislumbrar a veces. Pero en todo caso,
son otras leyes que las escritas en las tablas
de la ciudad y del mercado y en las telas
del alma vigilante, que en el obedecerlas
se cree que cumple su voluntad y hasta, oh miseria,
su gusto personal: al menos, en el sueño
no sabes de quién son las leyes o caprichos
que rijan tus andanzas. Conque bien podemos
curarnos con los sueños de la ley despierta,
en tanto que se va, con más verdad de día
en día, descubriendo cómo eran lo mismo
los sueños y las leyes. Pero demos gracias
a Bebela de que sepa con tan clara y cuerda
palabra relatarnos los embrollos locos
de sus ensueños: pues ¿de qué nos serviría
soñar, si no viniese la razón, en obra
de fiel infidelidad, a dar razón al sueño
y a la locura? Alabada sea pues Bebela
por el soñar oscuro y por el razonarlo
en limpio, y viva doble su memoria, para
que sueñe mucho y que nos cuente sus ensueños.

sábado, 20 de abril de 2013

Hay múrgaras y gárbilos

Este martes 16 de abril de 2013 se celebró en el Ateneo de Madrid un homenaje a Agustín García Calvo, uno de los autores más notables e inclasificables que hemos podido conocer. Actuaron, entre otros, Isabel Escudero, compañera de muchos años del poeta, y Amancio Prada, que cantó algunos de sus mejores poemas. En Youtube podéis seguir paso a paso cada una de las intervenciones; pero en ningún caso os perdáis este poema del libro Más canciones y soliloquios: podéis estar seguros que nunca habréis oído nada semejante.


Deporquebate

Hay múrgaras y gárbilos
soto la fábrega del alma.
¿Qué son? ¡Ah, que qué son!

Ixu non tientes de inquisitigarlo,
bicós bicós, sabérselos, nanay,

non poise: si los desaminas
col micropucio de la Escïencia

oficinal, instantemientre
trasvístense y contradisfrázanse

de raros filicastos
de subatomios o virusillos
furibusteros, e si poñen
a seer lo que non yeran;
ansí doncas que, si los viéredes,
ya per tántidem nau les vees

lo que nau son, que yera
lo que hay ahí y que ahí hay.

'Ahí' es, ay, donde tú estéteras,
y estás aún - quí sab?
Pero e ¿yo, per contra? Nones:
en donde tú, no yo, a lo menos

al mesmísimo merimomento.
Y estonce, endergo, ¿cuá?
Pois, pois que simbembargo
los virusillos y sabatomios
que víades, cada dellos quisque
yé ¿quí?: só yo perprecisamientre;

e por aixu andaba iciéndote
que acucullá en el jondo rebullicio

del ánima túa-miya
hay múrgaras y gárbilos
abondo; sólo que, ¡zumba!,
míos que non, non son. Y ¿tuyos?

¡Ah lalá!, aixu depiende
de que arrispondas "Yeah, sun míos"

u que nadia, nun rispondas.
Ca, si te credocreyéredes que sí,

babah, ya yé lo mesmo
que si dixiese eu-yo tamién
que miyos son, mentimintiendo.
Mas, si per contra non mi rispondieres

a la quistión, sinoque
ni mú dixieres e fincares ahí
murmudo, ah, ah ah, estonce
póidese que sí, que forsacaso
tuyos sean o que en ti remoren
ixus gárbilos e múrgaras,
que naides nunca osó de vero
nominitar ni, par lo tonto,
denumerar. Pos ¿cuántos eran?
¿Eh? ¿Cuántos? Ná, no u sabe.

Como que nome non habían
non teñen número tampizco.
Tan solisólo poderían
se contar, si yoque y tuque
a nostra viz fóisemos dúo:
tú e yo, egual a dos. Peroperó

remiémbrote noviamente
de que habíamos quedado, pún, que tú

non eras yo (¿te enarricordas?),
ca, si o foises, ya nun yeras
lo que í había. Conque doncas,
si tuque non es yoque, puf,
nin semos dos nin neño morto;
e por ende, cá, que no tanfrusta

poison ellos computerarse,
si nao queiren seer cho que nun yeran.

Asín que, en éstas, ¿cuómo
faremos nós pora desaveriguar

un pizco por desoto de ellos?
E ben, pos bé: podemos forse

devisar el susiguiente
procederimiento: tú te estestas

ahí, a contraposte mío;
eu só, como yé obirivio,
quel que só; tú non, tú non lo eres
nin el que eres ni el que só,

que lo mesmo serían dambos;
¿estás?: ¿estemos-semos?
Pos alante: ío ti perpregunto
"¿Hay gárbilos o múrgaras

soto la fábrega de la tu alma?"
Tú... Turutú: como non fabla,

non risponde niente; istunces,
ego, cuá, mi pongo a entrepatarla

la tu silenciosidad, e digo
pra min mesmo "¡Tate, tá!:

posto que nao diz cousa, aixu,
úa de dous, de dúas uno:
o que es que sabe demasïao,
o que es que nun sabe pijota.

Ora, dau que non o sapia,
¿cóm yé que non mi diz 'Non só?

o 'Aidontnóu' o 'Syonsepá'
o cuemo demos diga? Quiaro:

porque es que el reconcoñocimiento
de que non lo sabe lo faría ser

egual que yo, que lo reconcoñozco,
y como quier que él non era yo...

Pero a la otra: y si lo sabe
lo que le apregunto, a veriver,

¿por qué, pro cuá, non mi risponde?
¿Será ca non poede? ¿O reserá

porque, pudiéndolo, non vuol?
¿Qué 'vuol' ni 'vuol'?: ¡si ése que él yera

non teñe ni tan sequeira
veluntad, emposto que non yé yo,

que só o que teñe!; e si non poede
querer, e ¿va a poder ancaso

non-querer? Ah, mas is que estonce
mos queda sólo cuesto: que ixu

que sais, yé cousa que non poide
se dezir; e se non puó dizerse,

a veriver, ¿de qué mos vale?".
Peroperó, ¿qué yé, si non,

quello que eiquí estamos faziendo,
si non teritratarlo de dizer

lo que decirlo non si pode?
Istu, istu é, yermano ñegro tú,

de veras yé, lo de poñerse
nel tuo logar: e, como tú
taciticallas, por aquello deque,
si falas, ya non eres tuque,

sino que yeres o só yoque,
por estó tentando de callarme

yo, como tú, pero a mi manera,
a saber, faziendo estrepitestallar

cuasi que globos los vocablitos.
E a la postre, de aixu mesmo

de que non poidas tú izirme nientes
de lo que sabes e que me debías,

eu, cuacuá, deperideduzco
que, visto ya que eu non o sapio

nem poisme tú decir que non los haya,
háylos, múrgaras e gárbilos,

soto la fábrega del alma.
¿De la túa?, ¿de la miña?Non

se mi da un dibledo. Pero ellos,
pero ellas, que nin se endestingüen

entre sí de sexo y de sexa,
ellas-ellos yeran fortiforse
los que in cuesto deporquebate
queriban dintre los rsquitesticios

de las vóculas corrotas
vía ajallar pora su voz,
la que nin miña, quiá, non es nin túa,
mas de anóminas animallas

que en susótanos abisondamente,
despellejás de tutto títolo,

allá se engrolloborbollaban
e, por el aquel del non poder fablar

elas unas con elas otras,
se envisquimordiscaban y mutú-

tuamente se entreconcomían.