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domingo, 17 de diciembre de 2017

Soñé que tú me llevabas (Antonio Machado)

Laura Gómez y Estela Rodríguez nos traen este romance de Antonio Machado, uno de los poemas más conmovedores que escribió tras la muerte de Leonor.




Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!…
Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!

sábado, 22 de septiembre de 2012

Soñando con los ojos bien abiertos


Yo he soñado sin dormir... 
¿Acaso sin despertarme?
(Antonio Machado)

Because dreaming is an intrinsically creative art, every man can be said to be an artist while dreaming.

¿Hemos ahondado hasta ahora poco o mucho en el sueño? Hemos intentado entender qué función cumple, de dónde toma sus materiales y cómo los combina. Pero nos hemos desentendido de un hecho evidente, y al mismo tiempo casi increíble: cuando estamos despiertos, solo unos pocos de entre nosotros tienen el talento y la maestría necesarios para urdir historias, inventar cuentos.

En cambio, cuando estamos dormidos se diría que a todos se nos concede democráticamente ese don que Dios no quiso darnos. No solo inventamos historias conmovedoras, sorprendentes y llenas de fantasía, sino que las repentizamos o improvisamos en tiempo real, sin premeditación alguna. Es como una danza alrededor de algo que nos atrae: tanto ese centro como nosotros nos vamos moviendo, acercándonos y alejándonos. Los momentos en que abrazamos el núcleo del sueño y nos fundimos por un momento con él son apoteosis de placer, dolor o simplemente significado.

En este momento del libro de los sueños aparecen los surrealistas: una curiosa secta de poetas y pintores liderada por un caballero visionario, André Breton. Pese a su fama de irracionalistas, lo que vienen a plantear es un silogismo clásico:

  1. Cuando soñamos, somos mucho más creativos que cuando estamos despiertos. 
  2. Esto se debe a que cuando soñamos se dan ciertas condiciones que no se dan cuando estamos despiertos. 
  3. Si consiguiéramos reproducir esas condiciones estando despiertos, podríamos ser tan creativos como cuando estamos dormidos. 

Convincente, sin duda. Ahora bien, ¿qué condiciones son esas y cómo cabe reproducirlas? Siguiendo a Freud, Breton piensa que lo que lastra nuestra creatividad es que cuando estamos despiertos filtramos en exceso nuestras ocurrencias sometiéndolas a una doble censura: no nos permitimos pensar cosas inmorales, que van contra nuestros principios; y reaccionamos también con desagrado cuando nos damos cuenta de que estamos pensado cosas absurdas, sin sentido.

La respuesta de Breton a este problema es de una sencillez y modernidad admirables: es todo, nos dice, una cuestión de velocidad. Para darle el sí o el no a una ocurrencia, nuestro censor particular se toma un tiempo; si inundamos el servidor con un porrón de palabras o imágenes, una detrás de otra, llega un momento en que es incapaz de dar abasto. Le faltan manos o tijeras para impedir que surja lo imprevisto, lo extraordinario. Escritura automática es el nombre que Breton da a este juego: escribir tan aprisa todo lo que se nos ocurra que perdamos el hilo de lo que estamos diciendo y renunciemos a controlarlo.

Nótese que el objetivo de este juego surrealista, como de otros que iremos explorando, no es crear una obra de arte redonda o perfecta, sino habituar la mente a otra forma de hacer las cosas, acostumbrarla a admitir combinaciones que normalmente rechazaría. Se trata, ni más ni menos, que de desarrollar un gusto por estas imágenes imprevistas, oníricas, y predisponerse a seguirlas allá donde quieran llevarnos.

Como explica Breton, el inconsciente nunca está quieto, silencioso: basta escucharlo para oírlo. Una vez que se les ha abierto paso, las ocurrencias que nos llegan desde las profundidades no se presentan solo cuando nos ‘ponemos a hacer escritura automática’, sino en cualquier momento. El único objetivo de la escritura automática es que cuando nos llegue el mensaje del Otro Lado no nos encuentre hostiles o despectivos, sino dispuestos a apreciar lo que nos llega.

Por eso, carece de importancia que nuestros poetas del 27 negaran alguna vez su condición surrealista alegando que sus poemas no eran fruto de la escritura automática. Sucede que en realidad sí lo son: no porque se trate de ejercicios de automatismo, sino porque provienen de una sensibilidad que se ha acostumbrado a admitir este tipo de imágenes y favorecerlas.

martes, 18 de septiembre de 2012

Manos arriba: esto es un sueño


De toda la memoria, solo vale 
el don preclaro de evocar los sueños. 
(Antonio Machado)

Pues sí: acertaron los que pensaron (porque decir, no lo dijeron) que uno de esos tres corazones del surrealismo, al que vamos a dedicar las actividades del primer trimestre, es el sueño y sus parientes diurnos: el trance y el automatismo.

El sueño tiene muchas capas. Empecemos hoy a pelar una de ellas.

¿De qué peso nos libera el sueño? 

Whenever I want you, 
all I have to do 
is dream. 
(Everly Brothers)


Sabemos por qué dormimos. Seguimos sin saber por qué soñamos. Dormimos para descansar: economizar fuerzas. Pero se ha comprobado que no nos sentimos realmente descansados si no hemos soñado.

Sigmund Freud alcanzó la fama con un libro sobre los sueños: La interpretación de los sueños, publicado en 1900. La tesis de este libro es que soñamos para cumplir nuestros deseos. En sueños, somos más sinceros con nosotros mismos que despiertos: admitimos con más facilidad que deseamos algo, aunque la ley o la moral nos lo prohíban. Pero incluso en sueños hay una parte de nosotros que, con un ojo cerrado y el otro abierto, vigila que las cosas no se salgan de madre (y que hace que nos despertemos cuando perdemos el control).

Para burlar esta censura, nos hacemos una trampa a nosotros mismos: cada vez que va a aparecer algún elemento realmente problemático, lo sustituimos por otra cosa que se le parece o está en relación con ella. Así, deseamos matar a nuestro padre, pero soñamos que matamos a nuestro jefe, al presidente del Gobierno, a un carcelero que nos tiene presos, al recaudador de Hacienda, a Angela Merkel, al árbitro, al profesor que nos suspendió en septiembre…

El sueño está por eso lleno de símbolos: lo mismo que la poesía y la pintura. Las cosas son lo que parecen ser, pero al mismo tiempo son otras cosas que solo se insinúan. Un ejemplo:



Portada de Jamie Keenan para el libro de Nabokov

Hoy no tenemos tan claro como Freud que los sueños cumplan siempre nuestros deseos. Otras veces parece más bien que cumplen nuestros temores. (Por eso los llamamos pesadillas.) Pero no cabe mucha duda de que nuestros deseos y temores son, en efecto, el material de nuestros sueños: como lo son de nuestros pensamientos conscientes. Lo contrario sería pensar que soñamos con cosas que no van con nosotros, que no nos interesan y conciernen; lo cual es falso.

Una teoría que se ajusta quizá mejor a los hechos sería esta: el sueño es una suerte de digestión de lo que nos preocupa. Parte de esa digestión pasa por cumplir lo que deseamos y no hemos podido llevar a cabo: por ejemplo, hablar en sueños con una persona querida que ha muerto, con la que ya no podremos hablar nunca si no es de este modo. Pero también forma parte de la experiencia el revivir experiencias intensas, gratas o no: repasar cuestiones que no hemos resuelto, sondear abismos en los que tememos no hacer pie.

La pesadilla que nos hace despertarnos no sería, pues, un castigo de la censura sino un corte de digestión: hemos topado con algo tan doloroso o terrible que aún no somos capaces de manejarlo.

Podemos pensar en el sueño como un parque temático cuyas atracciones son nuestros ‘asuntos no resueltos’: ya se trate de recuerdos traumáticos (o simplemente muy intensos), de deseos que exigen que hagamos algo con ellos o de temores que nuestro inconsciente cree fundados.

Un hecho interesante que señaló Freud es que en los sueños siempre hay (o al menos suele haber) algún elemento tomado de la experiencia cercana: cosas que nos han pasado ese mismo día, o poco antes, y que a menudo no tienen, por sí mismas, demasiada importancia.

Es como si nos hubiéramos quedado dormidos dándole vueltas a alguna minucia: algo que hemos visto en la tele o nos han comentado en clase, una canción que sonaba en el interior de un bar por cuya puerta hemos pasado de largo. El guionista de nuestros sueños toma este detalle mínimo y procede a enredarlo con otros asuntos de más enjundia.

El detalle es, por tanto, un punto de partida, y en cierto modo una excusa. Es como cuando vamos a tener una bronca con nuestra pareja, con nuestros padres o hermanos o con un amigo muy querido, y la conversación se inicia de manera inocente, con un asunto menor que, sin embargo, poco o poco se lía y acaba dando lugar a que se plantee la cuestión que debemos (pero quizá no queremos) abordar.

También se puede comparar este pequeño detalle, en una clave más positiva, con el hallazgo de un elemento cualquiera que carece de importancia por sí mismo pero al entrar en contacto con él nos envía, como un enlace de la Red, a una página importante de nuestra memoria. Por ejemplo, estamos en un todo a cien, en un chino, y topamos con un juguete (¿una canica? ¿una pelota?) que nos recuerda nuestra propia infancia. (Marcel Proust sabía de estas cosas: si algún día tienes curiosidad, pídele que te convide a una de sus magdalenas.)