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sábado, 27 de junio de 2020

Luna hiena (Sergi Barrabí)

(Fergus Hall, Tarot of the Witches)

Luna hiena

Observa a través de la corteza del alma,
se esconde entre intermitencias, respira...
Ausentes agentes que cubren la nada,
fallece su mirada cuando llega la vida,
mira fría cómo todo descansa,
cubriendo los sueños de un manto blanco,
acaricia los miedos de la madrugada...
Y vuelve a amanecer, palpitando.
Lo malo vuelve a ser bueno,
reposan las ideas en la dualidad,
trae las musas y los temores,
y los terrores visitan tu infelicidad.

Apareces en sueños pero no hablas,
albergas los secretos que guarda la ciudad,
y sientes, la magia de los que te acompañan
y los ojos que se dañan por mirar la soledad.
Escalas de gris en tu cuerpo,
otra noche, otra oportunidad...
escondiendo la cara entre historias
das las buenas noches, descansa en paz.



jueves, 11 de junio de 2020

Plata entre tus ojos (Andrea González)


Hay veces en las que ni la luna se asemeja al reflejo de mis ojos. Es de un gris que asusta, un gris que impone. Y en el cual fácilmente podrías ahogarte. 

La percepción del tiempo cuando cae la noche se hace irrealizable, de un matiz intenso, no acostumbrado a quedar inundado en cenizas. 

La brisa hace silbar los husmeantes cuerpos de los árboles, que envuelven, temblorosos, el aire; y dejan escapar suaves canciones de neblina entre el bosque. 

En los claros, la densidad de la luz de la Luna parece poder apretarte el cuello, acogerte entre sus brazos, hablarte al oído. Su luz, frenética, busca copas entre las que deslizarse, y así inundar las orillas de la laguna. 

Estigia tenía por nombre, y en sus aguas escondían los mortales sus últimos suspiros, sus más íntimos sollozos. Las cicatrices de un atardecer cuya claridad nunca volvería a bañar sus días. 

Entre los rumores del viento, se queja a veces una barca. En mitad del silencio es posible escuchar el susurro del agua al apartarse para avanzar. En ella, la esperanza y el recuerdo rasgados por el Olvido. El pasado proyectado a expensas de sus ondas. 

Caronte y su mirada de acero. Dueño de unos ojos a cuya firmeza sucumben dioses. Una mirada lenta, sustentada en plomo. Pausada, a su remo acompasada. 

Aquella, la imagen de tu iris. Su vivo reflejo recorriendo cada una de las gotas del río, haciéndolas suyas. La Luna, sollozando entre los versos que huyen de tus labios de bronce. Yo, anhelando una bala perdida que pudiese devolverme a tu mirada argentada. 

El metal vivo entre las entrañas de unas pupilas cargadas de plata. 

La corazonada de ahogarme. 

Ni Mercurio podrá salvarme.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Aman (Esther Almoharín)





Seguimos cada viernes con nuestro Club de Lectura, que este curso hemos llamado Condiciones de Luna. El astro, en efecto, guía nuestros pasos. A veces, leemos textos que nos ayudan a adentrarnos en la rica literatura relacionada con la Luna, como el pasaje de los Relatos verídicos de Luciano de Samosata donde se describe por primera vez a los selenitas, los presuntos habitantes de la Luna, con sus curiosas morfología y costumbres. Y otras veces tenemos la suerte de que alguna de las participantes se lanza y nos trae algún texto de su propia cosecha.


Así fue el pasado viernes, en que Esther Almoharín nos trajo uno de sus poemas más recientes, Aman. Que dice así:


AMAN 

Cuenta en su espalda los lunares
mientras se desnuda tan suave
ante sus ojos de cristales
que luchan por poder mirarse. 

Lo mira sencilla y discreta,
traza líneas en sus caderas,
traza líneas de oro tan eternas,
pierde el sentido y la paciencia.

Acaricia sus labios gruesos
queriendo sepultar el tiempo,
pues cuando amamos sin aliento,
somos soledad, fuego y besos.

Rodea solo su cintura, 
se tumba sobre él y escucha 
su agitado pecho que busca 
refugio en su hermosa figura. 

Él se desnuda en cuerpo y alma, 
ella tan hermosa lo abraza. 
Él teme, le faltan miradas; 
un toque, con eso lo calma. 

El tiempo ya se está acabando, 
están a un reloj tan atados, 
prisas, piel y labios mojados, 
pensamientos desordenados. 

Y vuelan ropa y sentimientos; 
crecen la distancia y el miedo 
que paraliza al más inquieto, 
también la luna está sufriendo. 

En la inmensidad de la noche 
surgen dos almas de colores 
que sufren, que duelen, que corren, 
que por solo una vez son jóvenes. 

En ese momento son uno, 
son magia, tiempo y un mundo, 
se aman dolidos, confusos 
mientras reluce el cielo oscuro. 

Y la luna observa su cama 
en la que sobran las palabras, 
en la que ríen, bailan, callan, 
en la que viven, sueñan, aman.

En la conversación que sigue, hablamos con Esther de muchas cosas: para empezar, de la naturaleza del verso que ha elegido, ese precioso eneasílabo, que es el primero de los versos de arte mayor, y al que Rubén Darío recurrió también para uno de sus mejores poemas, la Canción de otoño en primavera (Juventud, divino tesoro, / ya te vas para no volver; / cuando quiero llorar, no lloro / y a veces lloro sin querer...).

El eneasíĺabo nos aleja de la poesía popular (que muy rara vez lo usa) y nos acerca a la poesía culta: pero a una rama muy especial de la misma, la poesía modernista. Y ese acercamiento se produce también en el vocabulario y las imágenes del poema, que son particularmente sensuales y sensitivos (por usar una palabra cara a Darío). Más en serio que en broma, alguien comenta que con este poema la autora sale del romanticismo (que siempre le ha sido muy querido) y se adentra en el modernismo.

Con todo, de la tradición popular permanece la rima asonante, que al volverse monorrima en cada estrofa (en variación de la venerable cuaderna vía) favorece el ambiente de morosidad, de amorosa insistencia. Es notable el uso diestro del esdrújulo jóvenes en asonancia en ó.e con los llanos noches, colores y corren, que delata que la autora conoce y domina las reglas (no siempre bien explicadas ni entendidas) de la rima castellana.

No pasa desaparecibido tampoco el guiño a la Luna, nuestra patrona, que aquí vigila y protege el encuentro de los amantes.

lunes, 28 de octubre de 2019

Condiciones de Luna: El haz ambivalente (Andrea González)



Nuestro Club de Lectura y Taller Literario continúa, como la Luna a la que se consagra este año, atravesando fases y espacios. Hay que veces que tenemos que demorar nuestra reunión una semana; pero es para volver con más brío y entusiasmo a nuestras cosas. Así se nos vio este viernes pasado.

Y este es uno de los textos que nos regala de vez en cuando Andrea, nuestra querida @disomnia:

 EL HAZ AMBIVALENTE

Me quedé embriagada al instante en cuanto noté aquellas telas etéreas del anochecer envolviéndome en la suavidad del monte.

El ritmo de mis latidos se acompasó en cuestión de segundos con el ruido de la callada guadaña que asomaba entre los sauces.

El bosque consumía todo el aire al que yo podía aspirar, e incluso los búhos tenían dificultades para respirar el ambiente. Una niebla espesa acaparaba toda mi vista, vagos fantasmas rondaban fuera y dentro de mi pecho.

Entre todos ellos, se alzó la única damisela cuyo caballero era una estrella. Saludó con gracia, su cola iluminando el valle a su paso; sábanas de plata engullendo todos los cantos nocturnos.

El manto que me cubría esta vez no lo hacía con cariño. Me llenaba de polvo, me acogía con frialdad, pretendiendo hacer callar toda la humildad con la que yo conocía el cielo.

Y desde ahí me contemplaba ella. Una joven acorazada; cuyos suspiros se llevaba el viento, con el corazón roto por la luz del día.

Apiadándose de la única condición que compartíamos. Preguntándonos por qué su dolor era vida, y el mío una simple sonrisa.

sábado, 12 de octubre de 2019

Condiciones de Luna: Autobiografía Lunar





Este curso, la actividad de nuestro Club de Lectura / Taller Literario se cruza felizmente con el Proyecto Steam del centro: ambos tratan sobre la Luna.


En nuestra primera sesión, para abrir boca, este coordinador trató de hacer memoria de sus recuerdos infantiles sobre la Luna. Y salió algo como esto:

*


Ser niño y luego padre es estar dos veces en el mismo lugar. Allí conocí a la Luna. Jugábamos a atraparla entre los dedos, tan cercana en apariencia, hermana de las farolas y del mínimo sol del poniente. A veces, uno la buscaba y no aparecía. La luna no está, dijo el mayor. Se la habrán llevado los pájaros. 

En los largos viajes en coche, yo me sentaba en el asiento de atrás, la mirada viajera a través del cristal. Y no pude evitar observar que la Luna nos seguía, puntual, por largo que fuera el viaje. A veces, pensaba si un cambio de sentido o una curva podrían despistarla, o al menos hacer que apareciera en otro lugar del cielo. Pero no. O sí. La observación era variable, como la Luna misma, y abundaban los peros. Las carreteras subían y bajaban y los edificios, que habíamos dejado atrás al comienzo del viaje, volvían a aparecer de cuando en cuando, volviéndose lentos y sólidos en el tramo final. 

En la televisión, mi programa infantil favorito hablaba de ella. Un globo, dos globos, tres globos. / La luna es un globo que se me escapó. / Un globo, dos globos, tres globos. / La Tierra es el globo donde vivo yo. Eran versos (lo supe luego) de GloriaFuertes, aquella poeta extraordinaria que aparecía en la tele sin ser joven ni guapa; pero que al cabo de un rato de escucharla te conquistaba con su deliciosa retranca. Me llamo Gloria Fuertes y tengo ochenta años; que es algo que puede pasarle a cualquiera…

(Y, en verdad, la Luna se escapa. Cada año se aleja unos centímetros de la Tierra. Un cambio imperceptible para nosotros, pero significativo si uno piensa en miles o millones de años. En las Cosmicómicas de Italo Calvino, el narrador recuerda cuando la Luna estaba tan cerca de la Tierra que uno podía pasar en escalera de la una a la otra; o en barca, aprovechando el efecto ingrávido que producía la confluencia de ambos astros, cada uno tirando para sí con su campo gravitatorio, de modo que si uno era ducho, podía navegar por aquella zona anfibia y ambigua.)

En el colegio, los mayores nos inducían su fobia visceral, tan cutre y tan madrileña, contra todo lo catalán a través de una canción tradicional, convenientemente brutalizada: Quisiera ser tan alto / como la Luna / para poner los cuernos / a Cataluña. En la versión original, el cantante deseaba ser tan alto como la Luna (How high the moon!) para ver los soldados de Cataluña, soldados que se hacían presentes a continuación, en singular: De Cataluña vengo, / de servir al rey, / con licencia absoluta / de mi coronel. Viejas historias, siempre actuales por desgracia, sobre patrias y lealtades en conflicto, en las que la Luna actuaba de figurante; dominando a pesar de eso la canción con su charme.

Luna lunera, cascabelera…, se escuchaba también uno cantando. Tiempo después, una buena amiga nos revelaría el resto de la estrofa, tal como aparece en algún cuento popular: …debajo de la cama / tienes la cena. El héroe del cuento llega a la casa de la Luna desesperado por encontrar cierto Palacio, en el que vive la chica de sus sueños, pero que nadie parece haber visto. Alguien le dice que si el Palacio existe, la Luna ha tenido que verlo. Así que se planta en casa de la Luna. Por suerte para él, un pariente bondadoso de la Luna le advierte que esta tiene muy malas pulgas y que cuando vuelve de su ronda nocturna lo primero que hace es olfatear, por si se hubiera colado algún mortal en su casa; si lo encuentra, se lo come de inmediato. Así que entre los dos le preparan a la Luna una comida opípara (debajo de la mesa tienes la cena); solo cuando está ahíta, sale de su escondite el héroe y le pregunta a la Luna si ha visto el palacio de marras. (Y sí.)