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sábado, 14 de diciembre de 2013

Concurso de sueños: El Concurso Extravagante


Llegué a casa y me tiré en la cama, pronto cerré los ojos y soñé lo siguiente: yo estaba en la plaza de mi pueblo, la cual tenía una fuente en el medio con formas florales y a un lado de la plaza había un escenario, con suelo de tarima y una manta roja que tapaba los barrotes que lo sostenían.

Allí se estaba celebrando un concurso. Lo más extraño era que el concurso era de gatos, pero no por su belleza se elegía al ganador, sino por su extravagancia. De los que recuerdo, unos tenían colores que no había visto nunca en un animal, otros tenían paraguas por cola, algunos tenían tres ojos. Lo que más me llamó la atención fue el ganador, era una mezcla entre gato y dragón, tenía alas, echaba fuego por la boca y su piel era escamosa.

Más tarde, empezó la recogida de premios, que fueron estos: el primero, el segundo y el tercero se llevaron un gato de oro, uno de plata y uno de bronce, respectivamente. Lo más raro fue que estos se movían, es decir, que eran gatos bañados en estos tres metales.

La verdad es que yo no sabía que hacía allí, pero cuando me di cuenta, no me lo creía: ¡yo también era un gato! Me miraba de arriba a abajo y no me lo creía, pero yo era el único normal, o por lo menos eso creía, y si no lo era  no lo descubrí, porque cuando me di cuenta un perro de raza grande entraba en la plaza, todos echamos a correr, aunque le superábamos en número. Cada vez corría más y yo me encontraba exhausto y cuando me alcanzó y veía mi final, delante de esa boca con dientes como cuchillos, ¡me desperté!

Había tenido sudores fríos toda la noche según mi madre, pero de todas formas me obligó a ir al instituto y ahora estoy escribiendo esto para mi profesor de Lengua.

Concurso de sueños: La Ciudad Multicolor


Me levanté muy temprano, me asomé a la ventana de mi habitación. Todo estaba cubierto de hielo y vi varios coches aparcados en la calle. Entonces recordé el sueño que había tenido esa noche.

Era un sueño raro pero a la vez divertido. Mis amigos y yo íbamos por una acera, algo nos deslumbró y nos llamó la atención. Del escaparate de una tienda de automóviles salían luces de colores. AI pasar por Ia puerta, esta se abrió sola y uno detrás de otro fuimos entrando al concesionario. Era enorme, parecía una gran ciudad.

Los coches eran de distintos colores, rojos, amarillos, blancos... todos eran deportivos, colocados en fila.

Había un vehículo para cada uno de nosotros. Nos montamos en los coches. Yo elegí el rojo. Hicimos carreras dentro del local, la meta era la mesa del vendedor, donde había revistas de publicidad, bolígrafos y cuademos de notas. Las sillas y tas plantas de decoración nos sirvieron de obstáculos para el circuito que nosotros deberíamos superar. No recuerdo su forma exacta pero sí sé que era muy largo. El suelo, que era de mármol, hacía que las ruedas patinaran, quedó con marcas de derrape. Al frenar y acelerar, los coches iban carnbiando de color e iluminándose. Algunos se transformaban en camiones y otros en motos.

Estuvimos allí durante mucho tiempo, luego decidimos cambiar el aspecto de esos coches. Los pintamos a nuestro gusto y los diseñamos. Al mío le puse un alerón y una franja blanca en el medio.

Más tarde comenzaron a llegar clientes y se quedaron sorprendidos con lo que habíamos hecho. Empezaron a preguntar dónde estaba el encargado, en ese momento sonó el teléfono, no sé si fue el del concesionario o el de mi casa, pero yo me desperté.