viernes, 5 de octubre de 2018

Peter Pan: de madres sin madre y padres sin hijos


          Cuentan de la diosa Atenea que nació adulta y totalmente armada del cráneo de su padre, Zeus. Curioso parto este, el de una niña que, como Pinocho, no tiene madre (¡Zeus se la había comido!) y que brota, como una idea afortunada, de la cabeza de quien la concibe. No nos extrañará demasiado que una niña tan cerebral nazca sabiendo hablar, y que sus primeras palabras sean para declarar que no se casará nunca: será siempre, y para siempre, la niña favorita de su papá.

          No es este el caso de Peter Pan, aunque algún paralelismo hay entre ambos personajes (como Atenea, también Pan, pese a ser hermoso y despertar amor, opta por mantenerse eternamente virgen, sexy y asexuado al mismo tiempo). Pan tarda en salir del magín de su creador, J. M. Barrie (1860-1937), en el que había empezado a gestarse desde que este era un niño en una familia numerosa más bien pobre de Escocia; y cuando lo hace va emergiendo lentamente, sin prisa y sin una forma enteramente definida.

          Los mitos, los cuentos de hadas y las historias de piratas llenaban los libros y la mente de este niño, bajito y más bien impopular en su colegio —aunque compensaba su timidez y su aspecto, ya entonces, más añiñado de lo normal, con un don prodigioso para inventar historias y contarlas sobre la marcha, dejando a sus compañeros embobados e incapaces de explicar luego todas aquellas aventuras a otra persona. Añadamos a esta caldera mágica tres ingredientes más: la madre de Barrie, Margaret, había perdido siendo una niña a su madre y había tenido que convertirse en madre de sus hermanos para sacarlos adelante, dando pruebas de una enorme madurez, impropia de sus años. Por otra parte, su madre tenía (como Zeus) un ojito derecho, que en este caso no era Atenea sino David, un hermano de Barrie siete años mayor que era todo lo que Barrie, aparentemente, no podría llegar a ser nunca: guapo, ligón, deportista y terriblemente popular. Pues bien, este niño prodigio tenía 13 años cuando sufrió un accidente estúpido mientras hacía deporte y murió a las pocas horas. Tanto la madre como Barrie se obsesionaron con este niño perdido: para consolarla de algún modo, Barrie se puso las ropas de su hermano y aprendió a caminar y silbar como él, desarrollando un gran talento para el teatro. Cuando tuvo oportunidad de ver representada una obra, supo que aquel era su camino.

          Todos estos elementos se combinan en el caldero mágico que fue el corazón de Barrie y su resultado es Peter Pan y su país, Nunca Jamás (Neverland). Un país donde conviven todos las hadas y los piratas de las novelas que leyó de niño con un personaje que lleva en su apellido la referencia al dios griego Pan (inmensamente popular, por cierto, en la cultura de su tiempo). En su historia tenemos también una niña anormalmente sensata y adulta que, como la madre de Barrie, accede a ser la madre de Peter y los niños perdidos; y frente a ella, un niño de entre 11 y 14 años, excelente acróbata y espadachín, además de rompecorazones, que quizá está muerto (volveremos a ello) y que, en cualquier caso, nunca crece más allá de esta edad. Y todo ello llega al gran público a través de una obra de teatro que Barrie estrena en 1904, y que estuvo a punto de llamarse El niño que odia a las madres y también El gran padre blanco, pero que finalmente salió a escena con el título Peter Pan o El niño que no quería crecer

          Quería, dice el título, pero antes Barrie escribió otra cosa: El niño que no podía crecer. Y también en esto había mucho (¡tanto!) de sí mismo. Barrie dejó de crecer cuando era niño: una enfermedad hizo que se detuviera en un metro con 54 cm. Por esta razón, y por otras, estaba más a gusto entre los niños que entre los adultos. Y cuando cometió el error de casarse con una bella actriz, Mary Ansell, pronto se reveló que Barrie, como Peter Pan, era incapaz de amar de veras a una mujer (de hecho, incapaz de consumar el matrimonio). Como Iseo la de las Blancas Manos, Ansell jamás perdonó a su marido que se casara con ella para no dar uso práctico al sacramento: pasados los años, buscó el amor que él no le daba en otro hombre, y cuando Barrie tuvo noticia del adulterio, ambos se divorciaron ruidosamente, mientras Ansell proclamaba a todo aquel que quería oírle que el famoso y admirado autor era en realidad un enano impotente, un eunuco cabezón, un fracaso como hombre. 

          Cuando se casó, Ansell aspiraba a tener muchos hijos, pero, obviamente, no tuvo ninguno. La lógica indica que Barrie tampoco. Pero la lógica no siempre tiene la última palabra. Una extraña carambola del destino hizo que Barrie acabara convirtiéndose en padre adoptivo de cinco niños, a los que conoció mientras paseaba con su perro por los jardines de Kensington. Aquellos niños, como los niños del colegio treinta años antes, miraron al principio a Barrie con desconfianza y extrañeza; pero pocos minutos después los tenía a todos conquistados mientras jugaba con ellos a los piratas y emprendían juntos la búsqueda de un tesoro enterrado. 

          Tras seducir a los niños, Barrie hizo lo propio con sus padres, y en especial con su madre, la encantadora Sylvia Llewelyn Davies.  Como entonces era ya rico, pues había escrito numerosas obras de teatro y algunas novelas, todas de gran éxito, utilizó su dinero para ponerlo a disposición de aquella familia más bien pobre. Invitó a sus niños a pasar un largo verano en su casa de campo, pescando, cazando y jugando. Y en algún momento de esas aventuras, concibió al personaje de Peter Pan.

          Los padres de los niños murieron muy jóvenes (él primero, luego ella) y Barrie, que se había hecho con la única copia manuscrita del testamento, falsificó el texto y se puso a sí mismo como tutor legal de los niños, convirtiéndose de facto en su padre.

viernes, 28 de septiembre de 2018

De puente a puente (Club de Lectura I)


DE PUENTE A PUENTE
(Y TIRO PORQUE ME LLEVA LA CORRIENTE)

  
When I was a boy,
everything was right.
(John Lennon, She said she said).

Mother, my friends are no longer my friends
and the games we once played have no meaning.
I've gone serious and shy and they can't figure why,
so they've left me to my own daydreaming.
(Suzanne Vega, Bad Wisdom)

          El cambio es el precio que pagan las cosas por seguir existiendo. Lo dijo Ferdinand de Saussure, el fundador de la lingüística moderna, y es una verdad que ya sonó, con otros labios, en la Grecia antigua, donde el filósofo Heráclito ya imaginó el mundo como un baile en el que el fuego, que todo lo anima y todo lo consume, va cambiando de forma pero no de esencia.

          Sus enemigos llamaron a Heráclito el oscuro, insinuando que no sabía explicarse, pero en realidad su filosofía señala algo que todos sentimos: a lo largo de nuestra vida, no solo lo que nos rodea, sino nosotros mismos mutamos, cambiamos de peinado, de amigos, de costumbres y (lo que es más desconcertante) de cuerpo. Cuando vemos una foto nuestra a los 3 o los 6 años, sabemos que, en un sentido, somos el niño o la niña que aparece en la foto; pero sentimos también la distancia enorme entre quien somos hoy y quien fuimos o éramos entonces. Otro tanto sentirá, si llega a existir, nuestro yo anciano cuando vea las fotos en las que estamos hoy mirando las fotos de nuestra infancia o leyendo estos folios.

          En esta edición del Club de Lectura y Taller de Escritura del Augustóbriga vamos a trabajar sobre este asunto, necesariamente resbaladizo: las mutaciones o metamorfosis que llevan a la gente a convertirse en lo que no eran, y a dejar de ser lo que fueron.
         
          Estamos acostumbrados a pensar en el tipo de metamorfosis que se nos describe en las dos obras clásicas del género, las Metamofosis de Ovidio y La metamorfosis de Kafka. Se trata en ambos casos de historias sobre criaturas humanas (o humanoides, como las ninfas) que se transforman en animales o en criaturas inanimadas, como las estrellas (aunque, por lo que sabemos, muchos antiguos no creían que las estrellas y las planetas carecían de vida, sino que veían en ellos seres intermedios entre los hombres y los dioses, o manifestaciones de estos últimos).
         
          Nosotros vamos a empezar, en cambio, trabajando sobre el tipo de mutación o metamorfosis que apuntábamos más arriba: el que lleva a los niños a convertirse en adultos, a través de diversos caminos. En las sociedades antiguas, y en algunas actuales que conservan formas de vida muy antiguas,  quizá nos sorprenda saber que no existe, desde el punto de vista cultural, lo que nosotros llamamos adolescencia.

          En Grecia y Roma, una vez que una niña tenía su menarquia (su primera regla), pasaba a considerarse casadera, y era común que con doce o trece años se casara con un hombre de treinta años o más, que podría literalmente ser su padre. Pasaba, así, de niña a ama de casa, madre, matrona.

          Hay aún hoy tribus indígenas en las que los niños, cuando alcanzan la pubertad, han de superar una iniciación o rito de paso en la que se pone a prueba su valor y su capacidad de sacrificio. En el transcurso de este peculiar pasaje del terror, el niño que está dejando de serlo aprende a afrontar sus miedos y también revive en primera persona los mitos fundamentales de la tribu, que explican por qué las cosas son como son y qué debe un hombre hacer para merecer tener una vida satisfactoria.

          La historia de la civilización occidental es en gran medida la historia de cómo surge, primero tímidamente y luego con fuerza, la idea de que un niño no puede sin más (o tras un breve rito de paso) incorporarse al mundo de los adultos cuando sus fuerzas le permiten ya trabajar y los cambios en su cuerpo le permiten ser padre o madre. En cambio, se impone la idea de que debe haber un período de margen, la adolescencia, en que el niño que va dejando de serlo se expone a todo tipo de conocimientos para que escoja aquellos que le apasionan o se le dan mejor y tenga la opción de dedicar su vida a aplicarlos o explorarlos más a fondo.

          Irónicamente, muchos adolescentes, los llamados objetores escolares, sienten que ese tiempo que pasan en la escuela sin poder dedicarse directamente a los menesteres adultos (hacerse con un trabajo, fundar una familia, abandonar la casa de los padres y alquilar o comprar su propio domicilio) es una especie de secuestro. Sienten que se les trata como niños cuando ellos ya se sienten adultos. Tienen (algunos, desde muy niños) sed por crecer y por que se les reconozca ese crecimiento.

          El ejercicio de un derecho (no verse obligado a trabajar, que sus padres les mantengan generosamente mientras ellos aprenden lo que van eligiendo estudiar) se siente así como un deber, y ese período de margen o de gracia en que no se les obliga a elegir, sino que se les permite experimentar en diversas direcciones, se considera un trámite pesado que hay que pasar cuando antes.

          Este deseo de ser adulto y ser tratado en consecuencia convive, sin embargo, con un deseo contrario, que también sienten muchas personas. Muchos niños lloran al terminar la Primaria (¡algunos, incluso al acabar Infantil!) porque sienten que le han cogido el punto a esto de ser niños, y no les gusta la idea de abandonar ese mundo en el que se sienten cómodos y queridos para entrar en aguas que se prometen turbulentas y oscuras.

          Eventualmente, todos se rinden (nos rendimos) y aceptamos la evidencia de que el tiempo corre y tenemos que correr con él, arrastrados por la corriente que nos lleva de dados a dados o de puente a puente. Todos ...menos Peter, el protagonista de la obra de teatro que James Barrie representó por primera vez en 1904, Peter Pan y Wendy, y a quien casi todos los niños de hoy conocen a partir de la película de Walt Disney Peter Pan, que llegó a los cines en 1953, y los productos derivados de ella.

          Puede parecer extraño que sea precisamente Peter, el niño que se niega a crecer, el guía que hemos elegido para que nos conduzca durante esta primera temporada del Club 2018/19 por los recovecos del paso de la infancia a otra cosa. Pero no lo es tanto. Paradójico, sí, pero no absurdo. Recordemos que también Amor, Cupido, es un niño centenario y milenario que nunca crece; un niño que hace arder de amor a los amantes, pero que no puede, dada su condición eternamente infantil, experimentar personalmente el sentimiento que trasmite. A Peter le pasa, como veremos, algo parecido: en la novela que Barrie publicó en 1911, llamada también Peter Pan y Wendy, y en la película de Disney, Peter hiere de amor a todas las chicas que lo rodean: Wendy, Campanilla, las sirenas, la princesa Tigrilla... Todas lo desean, pero él es incapaz de sentir amor por nadie que no sea él mismo, y ciertamente no es capaz de sentir el amor adolescente y adulto que resulta, de algún modo, incompatible con la inocencia de la niñez: una especie de fiebre de la que los heridos por el primer amor salen convertidos en una edición dolorosamente actualizada de ellos mismos.

          En la novela y en la película, se da a entender que todos los miembros de la familia Darling (y, en especial, todas las niñas) han tenido contacto con Peter Pan cuando eran niños, y han tenido de algún modo la opción de unirse a su mundo y rechazar para siempre el de los adultos. Pero todos han declinado la oferta y han elegido seguir adelante. Incluso los Niños Descarriados que viven con Peter en Nunca Jamás acaban yéndose a vivir con Wendy y sus hermanos, dejando a Peter solo con la también siempre niña Campanilla.

          Parece, pues, que 'la experiencia Peter' no solo no genera niños que se niegan a crecer, sino que es precisamente la que permite que los niños comprendan, viéndolo muy de cerca, lo que supondría ser eternamente niños: un sacrificio que, al final, solo está dispuesto a hacer el propio Peter.

          El asunto tiene sus matices, como veremos. Pero de momento nos quedamos con la idea de que Peter es la persona idónea para acompañarnos hasta esa frontera que separa fantasía de realidad, irresponsabilidad de responsabilidad, egoísmo de amor. Como Tom Bombadil, él no puede abandonar el bosque al que pertenece; pero mientras lo exploremos, nadie mejor que él para mostrarnos sus arboledas y sus recovecos. 






miércoles, 13 de junio de 2018

El alcalde de Zalamea (Calderón de la Barca)


Guadalupe y Marina, de 1º de Bachillerato D, nos leen una escena de El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca, en la que los personajes presumen de su exaltado sentido del honor.

Te quiero. ¿Por qué me odias? (Rosalía de Castro)


Paula y María, de 1º de Bachillerato D, nos recitan uno de los poemas más estremecedores de En las orillas del Sar, de la gran Rosalía de Castro.

—Te amo... ¿por qué me odias?
—Te odio... ¿por qué me amas?
Secreto es este el más triste
y misterioso del alma.


Mas ello es verdad... ¡Verdad
dura y atormentadora!
—Me odias, porque te amo;
te amo, porque me odias.

martes, 12 de junio de 2018

Dix choses que Irene déteste


Dix choses que Itziar déteste


Diez cosas que D. odia



  1. Odio a los falsos.
  2. Odio (la fiesta de) los toros.
  3. Odio las enfermedades.
  4. Odio a la gente amargada.
  5. Odio a los violadores.
  6. Odio a los homófobos.
  7. Odio a los machistas.
  8. Odio leer.
  9. Odio las verduras.
  10. Odio el color amarillo.

Dix choses que quelqu'un déteste


Dix choses que quelqu'un déteste


Dix choses que Alba déteste


Dix choses que Blanca déteste


Dix choses que Javier et Rodrigo détestent


Dix choses que Alba déteste


Dix choses que Carmen déteste


Dix choses que Gabriel déteste