viernes, 5 de junio de 2020

Club de lectura: historias de su historia





Comenzamos este empeño del Club de Lectura en el 2014, hablando de fantasmas, y desde entonces no nos hemos ido, aunque hemos ido cambiando de corazón según iban llegando y marchando varias promociones de participantes. Casi siempre, nos hemos reunido los viernes en el recreo, en el acogedor Departamento de Lengua (aunque a veces nos hemos movido al Salón de Usos Múltiples, o algún aula donde funcionaran bien los medios informáticos, para jugar con los medios audiovisuales).


Hablábamos en ese primer curso 2014-5 de fantasmas, de vampiros, de hombres lobo, porque entre nosotros había muchos amantes de la literatura fantástica, lectoras de Laura Gallego o de Crepúsculo, y nos parecía interesante ahondar en las raíces de ese imaginario, llegar a los cuentos tradicionales, a las sagas, y tomar a menudo de guía a Borges o a Cortázar.

Nos acompañaba entonces, y era mucha compañía la suya, nuestra querida Carolina Molina, directora ahora del IES Albalat. Creamos una dinámica en la que ella preparaba una sesión y quien les habla, Alejandro, se ocupaba de la siguiente, y de este modo aprendíamos mucho todos de todos, creando textos propios que servían de marco a los que íbamos rescatando:

En el curso 2015-16, nos internamos en el mundo de los sueños, con la historia de Las mil y una noches del hombre que soñó con un tesoro y salió a buscarlo, con los siete durmientes de Éfeso, con Rip Van Winkle, con la Bella Durmiente y su hermano épico, el rey que duerme pero despertará algún día. De algún modo, eso nos llevó a hablar de la puesta en abismo, de las historias circulares que se contienen a sí mismas, del escritor que escribe una historia cuyo protagonista es él, de Alicia descubriendo que el Rey Rojo está ocupando durmiendo porque la está soñando a ella. Y eso nos llevó también a la torre de Rapunzel, y a la torre de marfil de los artistas, y al viento, galán de torres, de los romances de Lorca. Y también a una canción de Leonard Cohen o un vídeo de Bjork...


El curso 2016-7 fue para nosotros el más viajero. Espoleados por Carolina, fuimos a ver a Juan José Millás a Villanueva de la Serena, visitamos Madrid y recorrimos el camino que va del folklore a la literatura fantástica moderna. Leímos a Perrault, pero también a Kafka y a Murakami.Y contamos en Cáparra nuestra experiencia.

Por entonces, surgió Librarium, este poderoso regalo que se nos ha hecho a todos, y con él la creación de clubs de lectura en muchos centros. Hemos procurado usar este recurso, pero quizá nuestro club ha sido siempre un poco peculiar, por el hecho de que no nos hemos centrado en leer una obra larga y luego poner en común nuestras impresiones (que es quizá lo que más asocia uno con un club de lectura), sino en producir y seleccionar textos breves, que se pudieran leer y comentar en una sesión de algo menos de media hora. Esa dinámica especial ha hecho que generemos muchos textos, pero pocos préstamos.

Para el curso 2017-8, ya sin Carolina, tomamos como patrón al Doble. Era la época en que Manuel Bartual había demostrado las posibilidades literarias de Twitter con un hilo magistral que trataba este tema. Tirando de ese hilo (Yo soy Otro; Uno es multitud)  fueron muchas las historias interesantes que exploramos, sobre gemelos diabólicos, desdoblamientos de personalidad, mundos invertidos y espacios fantasmales. Juan Ramón Jiménez nos ayudó mucho en ese trance de duermevela, en que uno no sabe si es él o el mendigo que rondaba su jardín al caer la tarde. Se nota un deslizar de nuestro gusto de lo narrativo que venía dominando las ediciones anteriores a una mayor presencia de textos líricos: Gil de Biedma maldiciéndose a sí mismo, las posibilidades poéticas de la ironía. Recuperamos también en esa edición a Sergio Barrabí, Tutankabrón, que vino a hablarnos de sus justas raperas, y de la poética del enfrentamiento ingenioso. Y vino a ayudarnos (y a quedarse) nuestra compañera Laura López, lectora y cómplice inmejorable desde entonces.

Se incorporó también al Club, por primera vez, alguien que hacía de la escritura su forma de expresión. Andrea González, Disomnia, nos trajo entonces sus primeros poemas en prosa, magnéticos y misteriosos, y eso nos animó a explorar los diversos niveles de transparencia de un texto, desde lo meridianamente claro hasta lo herméticamente opaco, pasando por lo sugerente y traslúcido.

Contar con escritores dentro del Club variaba felizmente su dinámica: ya no teníamos por qué limitarnos a comentar y reciclar textos ajenos, sino que podíamos tratar los temas que veníamos abordando de otro modo, como puntos de partida para que los participantes indagaran en sí mismos y crearan sus propios textos.

En otros términos, sin perder su nombre, el Club de Lectura empezaba a adquirir la dinámica de un taller literario, que es la que tiene actualmente.

Más antes de llegar allí, hubo otras aventuras y otros giros. En el curso 2018-9, por ejemplo, tomamos de patrón a Peter Pan. Su negativa a crecer nos llevó a hablar de Nunca Jamás y de su parentesco con Jauja y con otras utopías infantiles. Y por ese resquicio nos invadió, en felicísima hora, el Departamento de Filosofía, y durante muchas semanas anduvimos de su mano por los campos de la utopía y la distopía, yendo a parar con provecho del capitán Garfio al Gran Hermano y el steampunk. Rescatamos también a María González, que vino un viernes memorable a hablarnos de la imputabilidad de los reyes, los locos y los menores de edad.

Llegamos así a este curso, el muy peculiar 2019-20, en el que, bajo el patronazgo de la Luna, la dinámica ya ha sido de principio a fin la de un taller literario, con Andrea, Daniela Luengo y Esther Almoharín como sus tres espadas. Una dinámica poderosa, porque el Covid19  ha sido incapaz de acabar con ella: en vez de mutar él, mutamos nosotros, de sesión presencial a videoconferencia por Zoom. Y ahí estamos, con Laura y Andrea y Esther, y, aniquilada ya la necesidad de mantener el Club dentro del límite físico y horario del centro, con Sergio Barrabí, plenamente recuperado para estas lides.

Con lo cual, hemos pensado que sería interesante ir compartiendo con más constancia y alevosía la actividad del Club a través de este blog. Así que a partir de hoy, hasta cuando nos dure el impulso, vamos a ir trayendo textos, alternando los de creación de estos mismos días con otros de los que utiizamos en sesiones varias, desde los fantasmas del 2014 hasta los textos recién compuestos de hoy.

jueves, 5 de diciembre de 2019

La leyenda de Baba Aishor (Salma Chikri)





Diferentes culturas llegan a prácticas similares, cada una por su camino. Así, en los países de herencia cristiana todos estamos familiarizados con la Navidad, fiesta en la que el reparto de regalos (sobre todo a los niños) tiene un papel estelar. Quizá nos sorprenda saber que aunque los musulmanes de Marruecos no celebran la Navidad, tienen su propia fiesta en la que llevan también a cabo el ritual de la entrega de regalos entre los niños. Se llama la Ashura (Ashoura, si lo escribimos a la francesa), décimo día (ashar significa diez en árabe) del primer mes del calendario lunar, Muharram, y rememora el día en que el Profeta Mohammed (Mahoma, como se le conoce en España) llegó a Medina escapando de La Meca. Es un día de ayuno voluntario en el que se visitan las tumbas de los seres queridos y los niños se convierten en los reyes de la casa. Una figura importante del folklore asociado a este día es Baba Aishour, Achour o Aishor. Una de nuestras alumnas de 1º ESO B, Salma Chikri, nos presenta a este curioso personaje, que tanto se parece a Papá Noel, tal como se lo describió a ella su padre, nacido en Marruecos en 1969:


LA LEYENDA DE BABA AISHOR

Baba Aishor según las leyendas marroquíes es el Papá Noel de Marruecos, es un hombre sabio y anciano que es muy bueno con los pobres. Según el folklore popular, Baba Aischor fue a la cámara de representantes para solicitar donaciones y regular su distribución entre los niños necesitados. Siempre durante las vacaciones desde el siglo XIX las personas se sentaban juntas alrededor del fuego en ocasiones para narrar sus historias con nueces y dulces y bailaban y cantaban. Un gran grupo de marroquíes, así como Aishor, se dedican también a decorar mesas con diferentes variedades de frutos.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Aman (Esther Almoharín)





Seguimos cada viernes con nuestro Club de Lectura, que este curso hemos llamado Condiciones de Luna. El astro, en efecto, guía nuestros pasos. A veces, leemos textos que nos ayudan a adentrarnos en la rica literatura relacionada con la Luna, como el pasaje de los Relatos verídicos de Luciano de Samosata donde se describe por primera vez a los selenitas, los presuntos habitantes de la Luna, con sus curiosas morfología y costumbres. Y otras veces tenemos la suerte de que alguna de las participantes se lanza y nos trae algún texto de su propia cosecha.


Así fue el pasado viernes, en que Esther Almoharín nos trajo uno de sus poemas más recientes, Aman. Que dice así:


AMAN 

Cuenta en su espalda los lunares
mientras se desnuda tan suave
ante sus ojos de cristales
que luchan por poder mirarse. 

Lo mira sencilla y discreta,
traza líneas en sus caderas,
traza líneas de oro tan eternas,
pierde el sentido y la paciencia.

Acaricia sus labios gruesos
queriendo sepultar el tiempo,
pues cuando amamos sin aliento,
somos soledad, fuego y besos.

Rodea solo su cintura, 
se tumba sobre él y escucha 
su agitado pecho que busca 
refugio en su hermosa figura. 

Él se desnuda en cuerpo y alma, 
ella tan hermosa lo abraza. 
Él teme, le faltan miradas; 
un toque, con eso lo calma. 

El tiempo ya se está acabando, 
están a un reloj tan atados, 
prisas, piel y labios mojados, 
pensamientos desordenados. 

Y vuelan ropa y sentimientos; 
crecen la distancia y el miedo 
que paraliza al más inquieto, 
también la luna está sufriendo. 

En la inmensidad de la noche 
surgen dos almas de colores 
que sufren, que duelen, que corren, 
que por solo una vez son jóvenes. 

En ese momento son uno, 
son magia, tiempo y un mundo, 
se aman dolidos, confusos 
mientras reluce el cielo oscuro. 

Y la luna observa su cama 
en la que sobran las palabras, 
en la que ríen, bailan, callan, 
en la que viven, sueñan, aman.

En la conversación que sigue, hablamos con Esther de muchas cosas: para empezar, de la naturaleza del verso que ha elegido, ese precioso eneasílabo, que es el primero de los versos de arte mayor, y al que Rubén Darío recurrió también para uno de sus mejores poemas, la Canción de otoño en primavera (Juventud, divino tesoro, / ya te vas para no volver; / cuando quiero llorar, no lloro / y a veces lloro sin querer...).

El eneasíĺabo nos aleja de la poesía popular (que muy rara vez lo usa) y nos acerca a la poesía culta: pero a una rama muy especial de la misma, la poesía modernista. Y ese acercamiento se produce también en el vocabulario y las imágenes del poema, que son particularmente sensuales y sensitivos (por usar una palabra cara a Darío). Más en serio que en broma, alguien comenta que con este poema la autora sale del romanticismo (que siempre le ha sido muy querido) y se adentra en el modernismo.

Con todo, de la tradición popular permanece la rima asonante, que al volverse monorrima en cada estrofa (en variación de la venerable cuaderna vía) favorece el ambiente de morosidad, de amorosa insistencia. Es notable el uso diestro del esdrújulo jóvenes en asonancia en ó.e con los llanos noches, colores y corren, que delata que la autora conoce y domina las reglas (no siempre bien explicadas ni entendidas) de la rima castellana.

No pasa desaparecibido tampoco el guiño a la Luna, nuestra patrona, que aquí vigila y protege el encuentro de los amantes.

lunes, 28 de octubre de 2019

Condiciones de Luna: El haz ambivalente (Andrea González)



Nuestro Club de Lectura y Taller Literario continúa, como la Luna a la que se consagra este año, atravesando fases y espacios. Hay que veces que tenemos que demorar nuestra reunión una semana; pero es para volver con más brío y entusiasmo a nuestras cosas. Así se nos vio este viernes pasado.

Y este es uno de los textos que nos regala de vez en cuando Andrea, nuestra querida @disomnia:

 EL HAZ AMBIVALENTE

Me quedé embriagada al instante en cuanto noté aquellas telas etéreas del anochecer envolviéndome en la suavidad del monte.

El ritmo de mis latidos se acompasó en cuestión de segundos con el ruido de la callada guadaña que asomaba entre los sauces.

El bosque consumía todo el aire al que yo podía aspirar, e incluso los búhos tenían dificultades para respirar el ambiente. Una niebla espesa acaparaba toda mi vista, vagos fantasmas rondaban fuera y dentro de mi pecho.

Entre todos ellos, se alzó la única damisela cuyo caballero era una estrella. Saludó con gracia, su cola iluminando el valle a su paso; sábanas de plata engullendo todos los cantos nocturnos.

El manto que me cubría esta vez no lo hacía con cariño. Me llenaba de polvo, me acogía con frialdad, pretendiendo hacer callar toda la humildad con la que yo conocía el cielo.

Y desde ahí me contemplaba ella. Una joven acorazada; cuyos suspiros se llevaba el viento, con el corazón roto por la luz del día.

Apiadándose de la única condición que compartíamos. Preguntándonos por qué su dolor era vida, y el mío una simple sonrisa.

sábado, 12 de octubre de 2019

Condiciones de Luna: Autobiografía Lunar





Este curso, la actividad de nuestro Club de Lectura / Taller Literario se cruza felizmente con el Proyecto Steam del centro: ambos tratan sobre la Luna.


En nuestra primera sesión, para abrir boca, este coordinador trató de hacer memoria de sus recuerdos infantiles sobre la Luna. Y salió algo como esto:

*


Ser niño y luego padre es estar dos veces en el mismo lugar. Allí conocí a la Luna. Jugábamos a atraparla entre los dedos, tan cercana en apariencia, hermana de las farolas y del mínimo sol del poniente. A veces, uno la buscaba y no aparecía. La luna no está, dijo el mayor. Se la habrán llevado los pájaros. 

En los largos viajes en coche, yo me sentaba en el asiento de atrás, la mirada viajera a través del cristal. Y no pude evitar observar que la Luna nos seguía, puntual, por largo que fuera el viaje. A veces, pensaba si un cambio de sentido o una curva podrían despistarla, o al menos hacer que apareciera en otro lugar del cielo. Pero no. O sí. La observación era variable, como la Luna misma, y abundaban los peros. Las carreteras subían y bajaban y los edificios, que habíamos dejado atrás al comienzo del viaje, volvían a aparecer de cuando en cuando, volviéndose lentos y sólidos en el tramo final. 

En la televisión, mi programa infantil favorito hablaba de ella. Un globo, dos globos, tres globos. / La luna es un globo que se me escapó. / Un globo, dos globos, tres globos. / La Tierra es el globo donde vivo yo. Eran versos (lo supe luego) de GloriaFuertes, aquella poeta extraordinaria que aparecía en la tele sin ser joven ni guapa; pero que al cabo de un rato de escucharla te conquistaba con su deliciosa retranca. Me llamo Gloria Fuertes y tengo ochenta años; que es algo que puede pasarle a cualquiera…

(Y, en verdad, la Luna se escapa. Cada año se aleja unos centímetros de la Tierra. Un cambio imperceptible para nosotros, pero significativo si uno piensa en miles o millones de años. En las Cosmicómicas de Italo Calvino, el narrador recuerda cuando la Luna estaba tan cerca de la Tierra que uno podía pasar en escalera de la una a la otra; o en barca, aprovechando el efecto ingrávido que producía la confluencia de ambos astros, cada uno tirando para sí con su campo gravitatorio, de modo que si uno era ducho, podía navegar por aquella zona anfibia y ambigua.)

En el colegio, los mayores nos inducían su fobia visceral, tan cutre y tan madrileña, contra todo lo catalán a través de una canción tradicional, convenientemente brutalizada: Quisiera ser tan alto / como la Luna / para poner los cuernos / a Cataluña. En la versión original, el cantante deseaba ser tan alto como la Luna (How high the moon!) para ver los soldados de Cataluña, soldados que se hacían presentes a continuación, en singular: De Cataluña vengo, / de servir al rey, / con licencia absoluta / de mi coronel. Viejas historias, siempre actuales por desgracia, sobre patrias y lealtades en conflicto, en las que la Luna actuaba de figurante; dominando a pesar de eso la canción con su charme.

Luna lunera, cascabelera…, se escuchaba también uno cantando. Tiempo después, una buena amiga nos revelaría el resto de la estrofa, tal como aparece en algún cuento popular: …debajo de la cama / tienes la cena. El héroe del cuento llega a la casa de la Luna desesperado por encontrar cierto Palacio, en el que vive la chica de sus sueños, pero que nadie parece haber visto. Alguien le dice que si el Palacio existe, la Luna ha tenido que verlo. Así que se planta en casa de la Luna. Por suerte para él, un pariente bondadoso de la Luna le advierte que esta tiene muy malas pulgas y que cuando vuelve de su ronda nocturna lo primero que hace es olfatear, por si se hubiera colado algún mortal en su casa; si lo encuentra, se lo come de inmediato. Así que entre los dos le preparan a la Luna una comida opípara (debajo de la mesa tienes la cena); solo cuando está ahíta, sale de su escondite el héroe y le pregunta a la Luna si ha visto el palacio de marras. (Y sí.)