martes, 12 de junio de 2018

Diez cosas que odia Marina Moreno


Diez cosas que odia Kadija


Diez cosas (más bien una) que odia Sohaib


Diez cosas que odia Minerva Logrosán


Diez cosas que odia Gabriel Acosta


lunes, 11 de junio de 2018

Diez cosas que odio: el hombre propone...

...y el fin de curso dispone. Para ajustarnos a estos días locos, hemos tenido que cambiar los plazos del concurso, cuya resolución queda así. Esta noche quedarán subidos todos los trabajos y se podrán votar durante el martes 12 y el miércoles 13 de junio. El 14 de junio se procederá a la entrega de premios durante una gala musical, en hora y espacio a determinar.

¡Gracias a todos por vuestra paciencia y entusiasmo!

viernes, 25 de mayo de 2018

El principio (del fin)


EL PRINCIPIO (DEL FIN)


Polvo eres y en polvo te convertirás. Esta noche nace el niño / que ha de morir en la cruz. El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar... 

No es raro que el comienzo de una historia (sea la del universo entero o la de la más humilde de sus criaturas) comience con un tremendo spoiler sobre el final. Sucede lo bastante a menudo para que uno sospeche que ahí hay algo encerrado. Y, en verdad, eso viene a ser justo lo que pasa, que es toda la historia la que queda encerrada entre el principio y el final, entre la portada y la contraportada, como la vida de una persona se resume en el palito que une su fecha de nacimiento con la de muerte.

En las cosmogonías, por ejemplo, suele pasar que los dioses (o el dios) del cielo empieza poniendo orden, sometiendo a los espíritus de la oscuridad y el caos y construyendo sobre sus restos el mundo que conocemos. Pero no han sido vencidos de una vez y para siempre esos espíritus: como rabos de lagartija, llegará el momento en que volverán a colear y echarán por tierra los palacios, ciudades y catedrales construidos sobre su cuerpo, aparentemente muerto, pero en realidad solo aletargado.

En los libros de viaje medievales, es un lugar común la historia de los navegantes que van a parar a una curiosa isla verde, que cuando la están explorando se pone de repente en movimiento y les tira al agua. Lo que habían tomado por tierra es en realidad el caparazón de una enorme tortuga. 

Mucho de lo que construimos en esta vida, como sociedad o como individuos, tiene una engañosa apariencia sólida, como la superficie de esa isla esmeralda. Sin embargo, del mismo modo que no siempre fuimos quien creemos ser (en algún momento, ni nombre tuvimos; y si lo teníamos, no lo habíamos aún asumido como propio), la experiencia nos enseña que los recuerdos son datos en un soporte bastante frágil, y que no solo pueden llegar a desaparecer por completo (dejándonos sin recuerdo de quiénes éramos: o sea, sin identidad), sino que antes de llegar a tanto lo que recordamos que pasó se transforma más bien en el recuerdo de la vez anterior que lo recordamos, como quien hace fotocopias de fotocopias, perdiendo resolución y dulcificando (por otra parte) las aristas de lo que nos hirió o no nos dejó en muy buen lugar.

A veces, el retorno al comienzo, a lo salvaje, tiene algo de redentor. Anima ver cómo una flor se abre paso entre el cemento, o por las rejas de un sumidero. Son pequeñas señales que parecen avisar que la naturaleza que destruimos para fabricar el entorno urbano podría ser capaz de reivindicar y devorar dicho entorno, si le damos tiempo y ocasión, del mismo modo que el mar es capaz de devorar barcos y, en época de maremotos, puertos enteros. 

La vida, en fin, nace de la materia inerte y hay muchas posibilidades de que regrese a ella (cuando el sol envejezca, por ejemplo, y las condiciones que permiten la vida en la Tierra cambien drásticamente). 

Los filólogos hablamos de estructura en anillo, o de tiempo circular (según el caso) para referirnos a estos textos o historias que acaban como empezaron, convirtiendo lo de en medio en una suerte de verdura de las eras. Se podría decir que incluso en la hoja impresa los márgenes conservan la nada anterior y posterior a las palabras, avisando de su victoria final. Un aviso que no acaba de robarles su confianza a las palabras, que se saben capaces de vivir una y otra vez en quienes las escuchen o lean, pero que introduce en ellas cierta razonable inquietud. El margen avisa, por ejemplo, de que lo que hoy es el lenguaje de hoy será dentro de no tanto el lenguaje de ayer. Hasta los acordes de más actualidad sonarán medievales, arcaicos y un tanto irreales, al oído del mañana. No digamos nada de las referencias a cualquier cosa moderna, que son lo primero que envejece de un texto: ya sean alusiones a máquinas o a sucesos políticos o a películas o libros de actualidad.

El final de los tiempos, en fin, es un retorno a lo esencial. Si en la obra había algo importante que tratar, es en el final cuando, por mucho tiempo que llevara perdido, como si el autor se hubiera olvidado de ello, a eso importante le toca volver a desfilar y recibir su merecido. Los Diablos salen de sus escondrijos (así, Melkor, en el Silmarillion de Tolkien), los secretos se revelan, se pronuncian las últimas palabras. Es el Ciérrate, Sésamo que, si no se recuerda, deja abierta la cueva, o moliendo sal el molinillo mágico que hunde el barco que lo lleva encima y acaba volviendo salado el mar. 

También este Club va, pues, diciendo adiós como mejor sabe. Su final no es definitivo, porque en los colegios e institutos el fin de un curso lleva siempre implícito la promesa del siguiente, como el fin de temporada de una serie que no lo ha hecho del todo mal o ha dejado unos cuantos cabos sueltos. Dar clase estos días tiene algo de atender el mostrador de una tienda en liquidación. Conviene gestionar como mejor se pueda cierta tristeza estacional que flota por ahí, buscando alguien desprevenido o inerme en quien cebarse.

Esto no queda aquí, pues. Pero sí es un buen momento para dar las gracias a todas las que habéis venido aquí a buscar algo y, sobre todo, a traerlo. O sea, a buscar algo que traer. Que es una de las formas más nobles de buscar en uno mismo, o de buscarse a uno mismo. Ha sido un placer. Pase lo que pase, ¡que no decaiga!



jueves, 10 de mayo de 2018

Quinto concurso de manifiestos: diez cosas que odio




El manifiesto nace en el siglo XIX como arma de combate en la lucha revolucionaria: Marx y Engels publicaron en 1848 su celebérrimo Manifiesto comunista, verdadero evangelio de los desfavorecidos, cuyo fulgor no acaban de opacar los crímenes cometidos luego a su costa por Stalin, Pol Pot y otros dictadores. Treinta y ocho años después, Jean Moréas, un ambicioso poeta griego que escribe en francés, abre la veda en el campo artístico con su Manifiesto simbolista de 1886. Para cuando llegan las vanguardias de comienzos del siglo XX, el manifiesto se ofrece como la forma idónea para aquellos que conciben el arte nuevo como un combate contra el estancamiento y la opresión.

Los surrealistas, cuyos intereses hemos recordado aquí con la iniciativa Esto es surrealista, nos dejaron dos excelentes manifiestos y los prolegómenos a un tercero, que André Breton optó por no escribir. En la Biblioteca puedes consultar estos textos, tan magnéticos hoy como siempre. Hay algo en ellos que recuerda la legendaria canción de The Doors, Break on through (to the other side): una voluntad casi suicida de abrirse paso hacia lo desconocido, lo venidero.


En homenaje a este espíritu cañero, combativo (y a sus precedentes: la santa ira de Jesús expulsando a los mercaderes del templo, por ejemplo), planteamos como última actividad de este ciclo un concurso: Diez cosas que odio con toda mi alma.

Como el título indica, se trata de localizar diez elementos que tienen la virtud de sacarte de tus casillas, ofendiendo tu sentido de la justicia y la estética o poniendo a prueba tu paciencia. Aunque no está prohibido, pocas veces necesitarás razonar qué es lo que vuelve insoportable lo que denuncias: tu declaración apasionada bastará para que el lector te entienda perfectamente.

Puedes entregar tu trabajo a la persona que te dé clase de Lengua o dejarlo en conserjería, en un sobre. También puedes enviarlos a la dirección de correo bibaugustobriga@gmail.com Los trabajos pueden ir firmados con nombre y apellidos o con algún pseudónimo.

El texto tendrá la longitud que necesite. Se ruega utilizar procesador de textos, pues los manifiestos se irán publicando a medida que lleguen en este blog, para que los lectores puedan comentarlos y valorar anónimamente los que deseen, concediéndoles entre tres y diez puntos.
 
La fecha de entrega concluirá el día 1 de junio. En la semana siguiente, se hará recuento de las valoraciones recibidas y se premiarán los dos trabajos más notables.

miércoles, 25 de abril de 2018

Ficha de lectura de La vida es sueño

Hay libros en los que no es sencillo penetrar (o dejarse habitar por ellos) con una mera lectura rápida, pues están llenos de referencias culturales y juegos con el lenguaje, que exigen que vayamos deteniéndonos en los pequeños retos que nos plantea cada línea para poder captar de veras el sentido de la obra y apreciar su esmerada factura. La vida es sueño, de Calderón, es sin duda una de estas obras difíciles, pero que recompensan con creces toda la atención que podamos prestarles a sus gracias y recovecos.

Os ofrecemos aquí una ficha de lectura en la que se hace un seguimiento muy detenido de la primera jornada y se da un repaso más general (pero muy perspicaz) a las dos siguientes. Los profesores que la hemos elaborado, Marisol García y Alejandro González, os deseamos que os resulte útil y os agradeceremos que aprovechéis cualquier oportunidad para hacernos llegar todas las dudas y sugerencias que se os ocurran. Estamos, como siempre, a vuestro servicio.

jueves, 19 de abril de 2018

Ganadores del I Concurso de Agudezas y Brevedades





Ayer, en un entreacto del memorable Concierto del Día del Centro celebrado en la Casa de la Cultura, entregamos los premios de este concurso, que se convocaba por primera vez en esta ocasión, y al que se han presentado, aunque pocos, estupendos trabajos. Estos han sido los textos ganadores en cada categoría:


MICRORRELATOS

A. Y le tiraron por el precipicio, pero olvidaron que tenía alas. 

B. A cada uno le faltaba un ala, pero juntos podían volar. 

(Daniela Luengo)

C. Cuando consiguió sumergirse, faltaban solo diez segundos para que todo acabara. 

(David Emanuel Martínez Chiluisa)

DIÁLOGOS MÍNIMOS

A

 —¿Te fuiste?
—¿Acaso me ves?

B

—¿Qué esperas?
—Un príncipe.
—Prueba otra vez.
—Un libro que me quiera.

C

 —¿Por qué no llevas paraguas?
—Porque me gusta sentir el ritmo de la música.

(Daniela Luengo Calvo)

HAIKUS

A

Escucho y suelto la taza,
miles de trocitos de cerámica me rodean,
hermosa y dañina trampa.

B

 Un sencillo orden de sentimientos
no tiene tanta belleza
como el salvaje desorden
que me provocan tus letras.

(Daniela Luengo Calvo)

C
Un instante,
distante,
de un momento eterno.

(Andrea González González)

AFORISMO

A. 

Instruye al niño en la enseñanza y ni aun siendo anciano se apartara de él. 

(David Emanuel Martínez Chiluisa)