sábado, 4 de octubre de 2014

Cuando Orfeo huyó de Eurídice



En nuestra biblioteca están bien representados los mitos, leyendas y cuentos populares de muchas regiones del mundo (aunque aún nos faltan algunos, que esperamos conocer mejor este curso, como los de Rumanía).

Algunas de esas historias tienen un hueco en las enseñanzas que reciben nuestros alumnos de Cultura Clásica, Latín, Griego y Literatura Universal, y a veces incluso en las de Lengua y Literatura Españolas. Pero hay culturas que conocemos poco, a pesar de su presencia cada vez mayor en nuestro mundo.

Uno de esos países cuyo folklore apenas conocemos, y que sin embargo nos inunda (en buena hora) con sus tebeos, dibujos animados, libros y películas (muchas veces inspirados en ese acervo tradicional) es Japón.

El mito que sigue aparece en un libro de Luis Caeiro titulado Cuentos y tradiciones japoneses. I. El mundo sobrenatural. Hago un resumen, espero que capaz de hacerle justicia —pero para disfrutar de veras de la historia, os invito a localizar este hermoso volumen.

Como es justo que una historia tan bella lleve una dedicatoria noble, se la envío desde aquí con cariño a una gran conocedora y amante del mundo nipón: nuestra querida Sandra Marcos, que fue alumna del Augustóbriga (de las mejores que yo haya tenido) y, tras cursar la carrera de Filología Inglesa, es ahora profesora de su especialidad en Navalmoral.


Izanagi e Izanami son el primer hombre y la primera mujer, y los primeros habitantes del Japón. Aunque divinos, pueden morir. E Izanami muere, de hecho, tras dar a luz al espíritu del fuego, Kagutsuchi, que la deja herida al nacer con terribles quemaduras. La madre sufre una larga agonía, durante la cual vomita a los espíritus tutelares de los diversos metales y al dios y la diosa de la Tierra.

Desconsolado, Izanagi decide bajar al reino de las tinieblas para recuperar a su esposa. Tras un largo viaje, se encuentran y se funden en un largo abrazo. Él le explica que sin ella no hay alegría en el mundo y que les queda mucho por hacer. Ella sonríe con tristeza y le dice que lo que le pide es imposible, pues ella ha comido y bebido de las viandas de tan triste lugar y pertenece por ello a él.

Sin embargo, Izanagi insiste tanto que Izanami acaba aceptando. Le dice que irá a ver al señor del país para rogarle que la deje marchar, pero le pone como condición que él deberá quedarse esperándola allí donde está, sin entrar en la morada de ella por mucho que tarde y pase lo que pase. Izanagi promete que así lo hará y se queda quieto y solo durante horas junto a la casa de ella, en la más profunda oscuridad, donde la única sensación perceptible es un hedor que se hace cada vez mayor.

Sin saber cuánto tiempo ha pasado, Izanagi prende una de sus peinetas (sic) y entra en la casa de Izanami, cubriéndose la nariz con un pañuelo, para localizar la fuente de tal pestilencia. Finalmente, llega hasta una pequeña habitación, cuya puerta abre. Ante él, envuelto en un sudario, está el cuerpo podrido de su amada. Solo una leve agitación en el pecho delata que sigue viva. Rodean a la mujer ocho demonios que vomitan fuego.

Turbado por la visión, Izanagi huye. Su peineta encendida cae al suelo y el ruido despierta a Izanami, que sale corriendo tras él, reprochándole su inconstancia. Al haberla humillado, no le deja otra opción que destruirlo.

Comienza así una loca persecución, en la que unos demonios enviados por Izanami están varias veces a punto de atrapar a su presa. Sin embargo, Izanagi arroja cada vez una peineta que se convierte en un obstáculo o una distracción que le permite ganar tiempo: surgen de estas peinetas un enorme viñedo, una gran cosecha de retoños de bambú y, finalmente, un río. Izanami va aumentando la ración de demonios enviados, pero Izanagui, aunque no puede darles muerte, los mantiene a raya con su espada.

Por último, Izanagi se refugia en una montaña, en la que encuentra un melocotonero cargado de frutos. Como sabe que los demonios odian los melocotones, les arroja una buena partida de ellos, hasta que, rendidos, los espíritus malos vuelven con las manos vacías ante Izanami.

Izanami decide entonces acudir en persona a enfrentarse con su amado. Pero este se ha preparado para el encuentro, colocando un gigantesco peñasco junto a la entrada del país de las tinieblas. Entretiene la espera recordando lo felices que fueron juntos. Cuando al fin la siente llegar, ciega la entrada con la piedra.

Ella le reprocha entonces su desvío. Pero su voz, melodiosa antaño, es ahora una chicharra destemplada. Izanagi, sereno pero destrozado, le dice que da por roto el lazo matrimonial que los unía. 'Yo he vuelto a la luz. ¡Vuelve tú a las tinieblas!'.

Ella le dice que si no vuelve con él, matará cada día mil personas. Él, por su parte, anuncia que hará nacer mil quinientas. Comienza así en la Tierra la ronda del nacimiento y la muerte. El país de los vivos queda separado para siempre del de los muertos.

Pero Izanagi no soporta mucho tiempo su victoria. Pronto se despide de sus hijos para partir hacia la Llanura Alta del Cielo, Takamaghara, de la que no hace tanto descendieron al mundo él y su amada. Parte, pero les deja un regalo: un espejo donde Izanami solía mirarse, y en el que han quedado capturadas en toda su belleza sus facciones. Al mirarse en él, los hijos verán su propio rostro, pero también el de su madre, que les servirá de modelo de virtud y armonía.

*
Concluye así la historia, cuya pareja protagonista nos recuerda por momentos a Adán y Eva, Orfeo y Eurídice, Barbazul y su esposa, Blancaflor y su anónimo novio, el pastor y la Serrana de la Vera, Yahweh y Lilith...  

Hay también resonancias curiosas con la literatura culta, de autor: la escena de la casa de Izanami parece pergeñada por el mejor Edgar Allan Poe. 

Todo en la historia tiene un sabor familiar, y al mismo tiempo nuevo. Cabe desear que de algún modo tracemos un puente por el que pasar con nuestros alumnos, aunque sea de vez en cuando, a este mundo para nosotros desconocido —y fascinante. Valga esta entrada como un primer paso.

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