domingo, 15 de marzo de 2026

Concurso de relatos Pero Alá es el más sabio: La lámpara de las arenas brillantes

 


En la ciudad de Samarkanda, famosa por sus bazares llenos de especias y telas de mil colores, vivía Layla, una joven curiosa y valiente. Le gustaba pasear entre los puestos, oler los aromas de las especias y escuchar los gritos de los vendedores, aunque a veces le molestaba el ruido.

Un día, mientras caminaba por un rincón apartado del mercado, vio un cofre viejo y polvoriento escondido entre unas alfombras. Lo abrió con cuidado y dentro encontró una lámpara de oro que brillaba con cofre viejo y polvoriento escondido entre unas alfombras. Layla no pudo resistir la tentación de frotarla… y bueno, pasó lo que todos imaginan.

De repente, con un estallido de luz y un chorro de humo azul, apareció un genio enorme y sonriente, con túnica azul y ojos que parecían chispear.

—¡Por fin me liberas! —dijo el genio—. Puedo concederte un deseo, pero… piensa bien antes de pedir.

Layla miró a su alrededor. La ciudad era hermosa, sí, pero sabía que muchas personas tenían problemas. Pensó unos segundos y dijo:

—Quiero que todos en Samarkanda aprendan a ayudarse y  compartir entre sí.

El genio asintió y levantó los brazos. Un polvo dorado comenzó a cubrir la ciudad. Al instante, los mercaderes empezaron a regalar un poco de sus productos, los vecinos compartían comida, y los niños jugaban juntos sin pelear… al menos por un rato.

Pero Layla pronto comprendió que la magia no duraría para siempre. La verdadera magia estaba en el corazón de cada persona, no solo en la lámpara. Decidió entonces enseñar a los demás que la bondad y la generosidad eran lo más poderoso de todo, aunque no siempre fuera fácil.

Y así, bajo los cielos estrellados de Samarkanda, la ciudad brilló como nunca antes. Quizá no todos lo recordaron siempre, pero algunos sí, y eso bastaba para que la ciudad siguiera un poquito más feliz cada día.

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