En una ciudad casi nadie hablaba del islam sin torcer el gesto. Se había vuelto normal decir que el islam era una enfermedad, algo peligroso, algo que había que eliminar, que era un suicidio para un país completo. Nadie sabía exactamente de dónde había salido esa idea, pero se repetía en todos los países no musulmanes. Ismael, un chico de dieciséis años, escuchaba esos comentarios todos los días. Los oía en la escuela, en el mercado, y en el telediario. Al principio se quedaba callado. Pensaba que discutir solo levantaría un alboroto. Pero cada vez que alguien hablaba con desprecio de su religión, se sentía preocupado, no por sí mismo, sino por la oscuridad en la que estaban todos los demás. Había crecido viendo a sus padres rezar en silencio y ayudar a los vecinos cuando lo necesitaban. Para él el islam no tenía nada que ver con el odio ni con el terrorismo. Era principalmente respeto hacia todos, tanto creyentes como no creyentes. Tras varios días de investigación saco una conclusión, sencilla y obvia pero potente: hay quienes se aprovechan del islam para generar miedo y malas influencias. Un día decidió hablar, primero con su familia, y la familia le dijo que no podía hablar; si hablaba, lo penalizarían las fuerzas legales del país. Luego habló con amigos, estos le dejaron hablar un poco más, pero tampoco se atrevían a hablar. Después con quien quisiera escucharlo. Decía que muchas cosas que se contaban no eran verdad. Que había personas que usaban el miedo para manipular. Que no se podía juzgar una religión por personas irresponsables que no se daban cuenta de sus errores, manipular en vez de fomentar. Algunos lo miraban como otro loco más de la parrilla, simplemente alguien que quería manipularte y luego no había manera de salir. Que estaba tratando algo que no tenía sentido; que Dios no existía. Ismael volvía a casa cansado y frustrado. A veces pensaba en rendirse. Lo único que le mantenía con ganas de fomentar el islam es que los mejores musulmanes son aquellos que ayudan a otras personas a enfocar su camino hacia la verdad, y para Ismael, la verdad era el islam.
Durante varias tardes, Ismael se veía con valentía para salir en una plaza y hablar en alto, y soltar todo lo que tenía que soltar, pero nunca podía, la vergüenza le vencía y el miedo a ser arrestado también. Sin embargo, tras una semana intentándolo, le dio a todos sus sentimientos un disparo, salió a la plaza, sin aprensión, y se puso a hablar, y lo que temía sucedió, le arrestaron. Por suerte, solo le dieron un aviso y le dejaron libre, y debido a ese aviso y por librarse de un lío mayor, no volvería a hacer eso de nuevo. La rabia le tenía sin palabras, y no se le ocurrió otra cosa que hacer lo que le tranquilizaba, lo que le hacía humano, hacer aquello que le daba alivio, y en el caso de Ismael, era leer el Corán. Abrió el libro, por una página cualquiera, le daba igual, y tras un rato leyendo le entró la duda, la duda de si lo que estaba haciendo está bien, si de verdad estaba creyendo en la verdad, si de verdad Dios existía, y quiso comprobar por sí mismo si Dios existía. Para ello, cogió la lámpara de aceite antigua que tenía, la limpió, le puso su aceite y sin encenderla la dejo encima de una mesa, y empezó nada más ni menos que a dar oportunidades a Dios: si la lámpara se enciende por sí sola, Dios me demuestra que existe; si no se enciende, no existe. Y tras media hora intentándolo, lo intentó por última vez, ya cansado, y la lámpara, sorprendentemente, tampoco se encendió.
Esto dejó confuso y frustrado a Ismael, al que no le quedó otra que seguir leyendo el Corán, seguir solo por seguir, sin motivo aparente. Y justo la página siguiente, un verso, decía el Corán: ¿Acaso no os hemos dado suficientes pruebas? Mirad las estrellas, mirad al cielo... y en este instante Ismael se detuvo, se dio cuenta de que lo importa no siempre es lo que está cerca, sino lo que está allá, lejos de nosotros, fuera de este planeta, y anoche salió corriendo a darse un paseo por el campo, donde hay oscuridad total, donde no hay luz de la ciudad, para observar el cielo, las estrellas Y tras un rato paseando, escuchó una voz, y no, no era Dios quién hablaba con él, tampoco era un ángel, tampoco el Diablo, además de esa voz escuchó los toques de un triángulo, y esas voces no eran humanas, le entró curiosidad, pero también estaba aterrado, una voz aguda, solo hacía murmullos, no decía nada con sentido, y al acercarse, lo que vio, fue precisamente nada, y ahí se dio cuenta de lo que estaba presenciando: un jinn, criatura invisible, de un universo paralelo, con libre albedrío, y en ese momento se percató de algo más, esos jinn también son prueba de que Dios existe: si existen mundos paralelos, entonces no es normal que esto sea puro azar, Dios existe. Esto le dio fuerzas para volver a su dudada fe. Desde ese momento, Ismael cambió, se volvió más fuerte mentalmente, con más voluntad, y creció siendo filósofo desarrollando teorías sobre la existencia de Dios. Y en el último instante Ismael recordó todo lo que había cambiado, todo por un suceso corto y un día que no se esperaba, por culpa de un jinn, ahora era lo que era, filósofo, con muchos seguidores, y con muchas dudas resueltas, concluyendo así que no siempre los planes salen como te esperabas, pueden salir peor si te rindes, o pueden salir mejor si persistes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario