Nos situamos en el desierto de Erg Chebbi, en Marruecos, cerca del año 1090. Nabil, un muchacho de 24 años, vivía en un pueblo llamado Rimal. Tenía un espíritu explorador, el cual le hacía tener que estar continuamente en busca de alguna reliquia. Podía pasarse días explorando el desierto hasta encontrar algún tesoro, del cual donaba una parte al gran sultán. Llevaba haciendo esto desde pequeño, cuando lo hacía con su padre, y siempre había pensado que a la parte de lo encontrado que él no necesitase le daría mejor uso el Sultán.
Una tarde, mientras Nabil paseaba por el pueblo se topó con cuatro hombres armados hasta los dientes. Estos eran guardias del ejército personal del rey que venían buscándole a él, ya que el sultán había oído de sus aventuras y le reclamaba en palacio con la máxima brevedad posible para proponerle una expedición que solo alguien con su experiencia podría realizar. Sin dudarlo cogió lo imprescindible (ropa, algo de comida y unos utensilios básicos) y se fue rumbo a palacio.
El trayecto duró unos 3 días. Al llegar, Nabil pudo vislumbrar el inmenso palacio del que tanto había escuchado hablar desde pequeño. Este estaba construido por un tipo de piedra, cuyo color reflejaba el potente brillo del sol. Era muy distinto a cualquier edificio que hubiese podido ver en su vida. Inmediatamente fue recibido por 2 damiselas, las cuales le guiaron hacia la habitación donde se alojaría durante su estancia. Después fue llevado a ver el sultán. Nabil no podía creer que fuese a conocer al sultán, una de las mayores eminencias de cualquier desierto y a quien le había donado tal cantidad de riquezas.
El sultán entró en la habitación con un paso ligero. Se detuvo enfrente de Nabil en un trono decorado con múltiples piedras preciosas. Nabil realizó una reverencia y preguntó cuál era el motivo de su visita. El sultán le contó que había logrado encontrar un mapa el cual marcaba la ubicación de una lámpara mágica. Quería que la encontrase y se la llevase a palacio. Este tipo de lámpara era lo que todo buscador de tesoros en el desierto soñaba con encontrar, y se le había presentado una oportunidad clave que no podía dejar pasar. Sin pensárselo dos veces Nabil aceptó la misión, sin saber el peligro que esta misión suponía.
Salió de palacio a la mañana siguiente, con un objetivo en mente: encontrar esa lámpara y traérsela al sultán. Estuvo 5 días seguidos sin parar de andar, subiendo y bajando dunas en ese inmenso desierto. Al sexto día logró ver a lo lejos un bulto que destacaba de las demás dunas. Andó en esa dirección durante las próximas 2 horas, con la curiosidad de ver que había allí. Según se acercaba más el bulto se iba haciendo más y más grande. Cuando al fin llegó a su destino no lo podía creer. El palacio del sultán se quedaba chico al lado de esto. Se encontraba frente a un templo abandonado del tamaño de una ciudad entera. Este parecía que estaba abandonado, por lo que Nabil soltó todas sus cosas y entró sin ningún miedo. El templo estaba formado por ocho plantas, cada una más pequeña que la anterior, todas con forma cuadrada y con un gran agujero en el centro (salvo la más alta) el cual daba a un pozo el cual no parecía tener salida. Subió poco a poco las plantas, fijándose detenidamente en las paredes que lo rodeaban. Cuando llegó a la última planta encontró un pedestal con algo brillante en lo alto. Se acercó y por fin lo vió. Estaba frente a una lámpara mágica, una de las de verdad. Sin pensárselo 2 veces corrió hacia ella, sin esperarse lo que ocurriría antes de llegar a ella. Pisó una baldosa marcada con una X, la cual abrió el suelo de alrededor de la lámpara y cayó directo al pozo sin salida.
Nabil empezó a caer, a caer y a caer pensando que ese era su fin. Pero, de repente, cayó en un gran montón de arena el cual amortiguó la caída. No se lo podía creer. Estaba vivo, pero atrapado. Miró a su alrededor y pudo ver en el pie de la montaña grandes montones de huesos. Supuso que no era el primero en caer en la trampa, y que nadie había logrado escapar de allí. Tenía que empezar a pensar en cómo salir de allí y rápido. Miró a su alrededor y en una de las esquinas vio otra cosa que no se esperaba encontrar allí. Se acercó y la cogió con sus propias manos. En efecto, era una auténtica alfombra voladora, con la que podría escapar fácilmente. La abrió e intentó hacer que volase, pero no funcionó. Lo volvió a intentar y nada. Entonces se fijó bien y vió que una de las esquinas de la alfombra tenía un grave corte y por eso no funcionaba. allí abajo no tenía ningún tipo de material para arreglarla, por lo que si no escapaba no podría repararla y no le servía de nada en ese momento. Volvió a echar un vistazo a su alrededor y encontró varias cosas que no servían de ayuda. Entonces la vió, una larga cuerda colocada dando vueltas a un pilar. Comenzó a desenrollarla a la vez que pensaba en cómo la podría usar para escapar de allí. Entonces se le ocurrió una idea para escapar. Podría usar algún hueso para colocarlo en la punta de la cuerda y usarlo de gancho para lanzarlo y usarlo para escapar al exterior. Dicho y hecho cogió el hueso más parecido a un garfio y lo ató a la cuerda. La empezó a dar vueltas para coger impulso y la lanzó, teniendo la suerte de haber acertado a la primera. Se colocó la alfombra como pudo y subió los metros que le separaban de la superficie.
Tras un buen rato escalando, Nabil logró llegar al exterior. Se dirigió donde había dejado la mochila y comprobó que, en efecto, había cogido aguja e hilo por si acaso, por lo que se puso a coser el roto de la alfombra. Una vez cosida la volvió a probar y esta vez sí que funcionó a la perfección. Para evitar percances de nuevo subió con la alfombra a donde estaba la lámpara y la cogió sin tocar el suelo. Una vez completada la misión recogió sus cosas y se dirigió volando al palacio.
Esta vez el viaje de vuelta solo duró unas pocas horas. Cuando llegó al palacio solicitó que urgentemente le llevasen a ver al sultán, ya que le traía un objeto muy valioso. Se volvieron a reencontrar en la misma posición que unos días atrás y le entregó la lámpara. El sultán la frotó y empezó a salir un humo de colores, hasta que se pudo vislumbrar una figura humanoide. Ese era el genio de la lámpara, quien podía llevar ahí encerrado o muy pocos años o una eternidad. El rey tenía los ojos llorosos. Tenía ante sus propios ojos a un genio de la lámpara, uno de los seres más difíciles de ver para cualquier hombre, mujer o ser vivo en la tierra. El sultán, en agradecimiento, le permitió a Nabil usar unos de sus deseos. Además le pidió que no le enviase más ofrendas, ya que tenía 2 habitaciones del palacio repletas de sus tesoros. Nabil se lo agradeció mil veces y sin pensárselo dos veces pidió su deseo. Este no fue lo típico de pedir riquezas o un título nobiliario. Su deseo fue que su familia fuese feliz y que pudiesen vivir una vida tranquila sin mucho esfuerzo. Tras esto recogió sus pertenencias y voló de vuelta a Rimal, su pueblo. Allí le contó su aventura a sus padres y su deseo. Ya con esto y las reliquias de más que lograse en sus expediciones su familia lograría un gran patrimonio, el suficiente para poder mudarse a la ciudad donde vivirían una próspera vida y podrían ver el hermoso palacio a diario.
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