sábado, 22 de febrero de 2014

...y una más


Cuando abrí los ojos ya era demasiado tarde, miraba el techo de la habitación como si de un museo se tratara, esperando a que todo se derrumbara sobre mi y acabara con ese sentimiento que me parecía aprisionar el pecho hasta taladrármelo. Miraba a mi alrededor pensando que aquellas cosas, esos objetos que me rodeaban, no eran míos, que no me estaba pasando esto a mí, que tendría que guardar aquello que me había hecho feliz.

Me incorporé y olí las sabanas que parecían aun impregnadas de su perfume, las abracé contra mi pensando que él me abrazaba y que nuestros corazones se unían en uno solo, pero todo era un espejismo que no quería acabar.

Tuve que apoyar los pies en el suelo para darme cuenta de que estaba en el mundo real, de que por más que intentaba tragar aquel nudo que tenía en la garganta, me era imposible deshacerlo, era tan difícil deshacerlo como fácil hacerlo. Recuerdo que cuando era pequeña mi madre me enseñaba a atarme los cordones, pero siempre me compraba zapatillas de velcro, y tal vez fuera para que en un descuido no tropezase y cayera de bruces al suelo, aunque sabía que si eso ocurría, ella estaría a mi lado para levantarme. Tras este recuerdo tuve la sensación de que, efectivamente, la única persona en el mundo quepodría calmar aquel dolor sería ella.

Al levantarme, ella había salido, y tuve la sensación de estar sola, en una oscuridad que me estaba alcanzando, estaba intentado hacerse con los resquicios de tristeza que me quedaban, por eso me apoyé contra la pared y rompí a llorar como hacía años atrás cuando tenia cinco años, recuerdo aquella sensación en la que todo se caía sin yo poder agarrarlo, sin yo poder pensar qué pasaba en aquel momento, como si el tiempo se hubiera parado. Me sentí sin apenas fuerzas para quedarme en la extensión de aquel pasillo aún desconocido para mí y tuve que regresar a la cama a protegerme de todos aquellos monstruos que me estaban intentando coger y arrastrarme hacia su mundo, pero esta vez las sábanas no eran un protector de monstruos como años atrás, sino que simplemente calentaban un cuerpo frío, lleno de miedo.

Todos pensamos en algún momento de nuestra vida o al ver a alguien con este dolor que estos sentimientos aquí plasmados son exagerados, que no hay porque tomárselo así, pero el caso es que una vez te encuentras en aquella situación, aunque extraña y remota, ni el pasado ni el futuro te consuelan, ni las vigas sostienen tus techos, ni los asfaltos impiden las grietas, todo ocurre y a todos nos ocurre, tal vez ante tal vez después. Y miraremos tiempo atrás y pensaremos qué fue de ese gran amor, de esa persona que estuvo a tan solo centímetros de ti, que tuvo tu mano en la tuya, qué pasó, porque después de tantas esperanzas y momentos lo dejamos caer como los árboles dejan caer las hojas en otoño, y piensas dónde comenzó todo, y dónde acabó. A mí entre aquellas sábanas me venían recuerdos y recuerdos, que se bañaban en un mar de lágrimas, se secaban con la almohada y seguían intentando volver a hacer su mar de tristezas particular.

Recuerdo aquel día cálido de verano, aquel primer día en el que nos cruzamos por primera vez, aquel momento tan perfecto en el que el corazón te da un vuelco y las palabras te salen entre risas y temores, aquel miedo a que te encontrara, a que su mirada se cruzara con la tuya, y a que pasaran los días y las noches sin veros, y ya no es un yo, sino un nosotros, un tiempo en el que todo se paraliza y sientes que hay algo más en el aire que no solo es viento fresco, sino que ese viento trae consigo olores a azahar, descubres que es tu corazón que no para de latir, y que ha encontrado su razón. Te das cuenta de que un día te has dormido en verano y que al despertarte es invierno, pero que no te importa porque no estás creando un rnundo imaginario al margen de la realidad sino que todo aquello es de verdad, que el destino te ha escogido a ti y que tú has aceptado el destino sin saber lo que este depara, aquel chico de mirada viva y grande, de manos suaves y sonrisa natural, está a tu lado, al lado de una chica llena de inseguridades y de temores, de nariz chata y labios sinceros, que se siente más segura con ese chico a su lado. Él estaba en todas y cada una de las aventuras que tenías planeado hacer alguna vez en la vida, en cada mañana soleada que tú querías observar desde su pecho mientras escuchabas su respiración, la primera escapada a escondidas , y en pensar que ojalá ese tren te alejara de la realidad tanto que fuera casi imposible volver, el primer beso, arropado por la luna, y miles de abrazos, miles de sonrisas que jamás tendrás en tus labios, te das cuenta de que los segundos pasan, y de que ningún momento será como el anterior, tal vez mejor o tal vez peor, pero nunca igual, por ello aprendí a no darme la vuelta si la mañana no era soleada, sino a volver a apoyarme en su pecho y ver la lluvia caer, porque cada momento es único.

Recuerdo cómo el tiempo pasaba y vernos en publico ya no importaba, volver a ser una niña en sus brazos que se alegraba con cada truco, con cada postre de chocolate o con cada paseo por el parque, poder jugar al pilla, a las peleas sin ningún motivo aparente, y a hacernos remolinos entre las sábanas cuando el sol nos despertaba, a negarnos a levantarnos aunque el tiempo nos obligara, a desayunar churros con chocolate como cuando te quedabas en casa de tu mejor amigo a dormir, aquel domingo el desayuno era lo mejor. Recuerdo verle aparecer con aquella camiseta roja y los pantalones azules, gafas y mochila, aquella imagen no me gustó, así que no sé si esa imagen tan perfecta se ha grabado en mi cabeza porque no me gustó o por ser la primera de miles, así que cuando él me pidió un abrazo tuve que negárselo, pero acabé cediendo, y tal vez esa fue mi perdición, puedo sentir aquel abrazo como si lo llevara encima todavía, como si mis labios volvieran a quedar a la altura de su hombro. Recorríamos todos los portales en busca de uno tranquilo, pero allí donde íbamos nos caían cubos de agua, si nos echaban de aquellos portales sería tal vez por reírnos, así que no puedo negar que ese chico tan alto y con tantas diferencias de mí, me hacía reír. Recuerdo todas esas canciones que sonaron en mis oídos, porque él me las cantaba tan cerca que nadie más podía escucharlas, ni siquiera las estrellas de esas noches que cuando nos veían intentaban rozar la tierra y brillar con fueza para ser testigos de lo que pasaba entre nosotros, pero ellas ya bajaron una vez hasta rozar las manos de alguna persona, hasta acercarse tanto que un hilo de voz llevó su luz, pero llegar tan lejos tuvo una consecuencia, su luz llegó a brillar tanto que sin darse cuenta de que tenían un fin dejaron de brillar y que lo que nosotros vemos ahora por las noches no son estrellas, sino un recuerdo de ellas, de aquellos enamorados que contaron las estrellas en sus manos.

Recuerdo ver tantas películas soñando con una historia sin fin, historias que expresaban situaciones tan imposibles, como aquella, o tal vez catástrofes que jamás podrían afectarnos a nosotros, pero como ya he dicho, no tenemos voz en el destino. El primer día que conocí a sus padres, la sensación de que esto iba en serio se consolidó, siempre tendré con gran amor aquel olor a pastelería de cuando su madre nos hacía tartas. También el primer día que dormimos juntos, en el que me tuve que ir a las cuatro de la mañana y volver a las ocho para que mis padres no se enfadaran, pues todavía era una niña ante sus ojos que apenas sabía andar, tanta harina, Ieche y chocolate que nos manchó en la cara mientras intentábamos cocinar para impresionarnos a nosotros mismos de lo mayores que éramos, aun sin saber que lo mejor era ser pequeño y no mancharse más que para rebañar el cuenco donde hacía tu madre la masa para el bizcocho, tantos bailes ya bailados.

Pero ahora luchaba entre pensarte y negarte, hacer como si no hubieras formado parte de esos días, negar que tu amor y tus besos me faltaban era mi tarea diaria. Pasaba por las calles imaginando que volvía a pasearlas de tu mano, pero tenía que mirar hacia otro lado, como si esas calles fueran nuevas o demasiado peligrosas para mí. Por las noches era cuando el peligro, los miedos y los nervios salían a la luz, porque yo podía ver su imagen en cada lágrima que corría en una carrera por llegar a la meta.

Y nada estaba bien, nada estaba en su lugar, y durante los meses siguientes no había posibilidad de cambio, simplemente podía esperar que él me salvara de aquel agujero, pero él jamás apareció, él me había dejado y jamás volvería, y cuando quise darme cuenta tuve que retroceder todos esos meses hacia atrás para darme cuenta de que en la vida los caminos se separan, de que las leyes de la naturaleza jamás se podrán frenar, y de que esos momentos jamás podrían volver a repetirse.

Aquel viemes, estaba deseando verle, era san Valentín, y quería darle una gran sorpresa, con globos, cartas de amor y bombones, quedé con él aquella tarde, pero él no apareció, yo era muy enfática y esa tarde me enfadé mucho, y aunque yo no podía hacer esfuerzos debido a un soplo en el corazón detectado hacía años , me puse histérica y no paré de llamarle durante toda la noche, pero él no cogió elteléfono, de aquella noche no soy capaz de recordar nada más. Cuando desperté, no estaba en mi cama, en mi cuarto, nada era mío, me asusté al darme cuenta de que estaba en el hospital, mi corazón comenzó a latir con fueza, y las lagrimas esta vez corrían como si se disputaran el mayor premio. Cuando la enfermera apareció, pude saber que de no ser por aquel amor, aquella persona que me besaba cada segundo, ese chico tan alto, de labios más sinceros que los míos, que pensaba en mí a todas horas, aquella persona que sonreía por mí, había decidido darme su corazón para salvarme la vida.

Aquella noche una intervención era necesaria, y él no dudó en darme su vida. Pero él no se fue sin decir nada, era imposible que esa persona que era tus pasos se fuera sin decir tan siquiera un adiós, pero nadie me dijo nada, hasta un año más tarde en el que cuando las cosas estaban más calmadas mi madre decidió darme su mensaje, me dejaba una nota en la que decía: Tienes mi corazón, me tienes en ti cada día y a cada latir, y tienes cada vez que se me aceleraba el corazón al mirarte, yo viviré tu vida junto a ti.

Rompí a llorar, al darme cuenta de que solo me quedaba su recuerdo y el recuerdo de aquellos momentos , de que los caminos se juntaban en mi interior. Tal vez todo fuera una pesadilla, o un dulce sueño en el que alguien da la vida por amor, pero yo estaba allí sentada contra la pared, pensando lo que pensaba cada día de mi vida: ¿por qué? Pero supongo que hay preguntas que se quedan sin respuestas. Hoy es San Valentín y yo tengo setenta y cinco años, mi corazón sigue latiendo por una persona hasta el día que los dos dejemos de latir, ese día no seremos dos estrellas más en el cielo, sino una.

Bárbara Salazar

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