lunes, 12 de diciembre de 2011
Leer en Navidades
Pues eso, hay buenos libros, que nos enganchan, por ejemplo, MALAS TIERRAS de Jordi Sierra i Fabra.
ESTAR AL LORO
Por ejemplo, el AMOR PLATÓNICO, o PASTA GANSA, EN PELOTA...
domingo, 4 de diciembre de 2011
Canciones que son libros: tres rostros de Penélope

De las tres canciones que he mencionado la que más se asemeja al relato de Homero es Penélope, de Joan Manuel Serrat; además de por el paralelismo en el título, por las múltiples coincidencias entre las dos historias. Tratan sobre el amor eterno, que perdura aún en la ausencia; la separación se produce por un viaje del amado, cuando todavía son jóvenes, y con la promesa de volver: Adiós, amor mío, no me llores, volveré. Cuando regresa no es reconocido, la imagen que guarda Penélope es la de la juventud: Tú no eres quien yo espero. En la versión de Homero, Ulises tiene que demostrar que es él; mientras en la canción, la protagonista se queda sola al no aceptar el paso del tiempo en su amado. Las dos “Penélopes” son incomprendidas por los que la rodean, no entiende que aguarden tras tanto tiempo, pues no confían en el regreso: Dicen en el pueblo que un caminante paró su reloj, Pobre infeliz, se paró tu reloj infantil. Pero ella mantiene, a pesar de los contratiempos, su ilusión y no se deja influir por la desconfianza de los demás. Tampoco le convence ninguno de los que encuentra: Uno tras otro los ve pasar, mira sus caras, les oye hablar, para ella son muñecos, igual que a la heroína griega le sucede con los que intentan ganar su favor.
lunes, 21 de noviembre de 2011
El Cuaderno perdido de Leonardo Da Vinci
Vale la pena hojearlo... con cuidado, como los libros antiguos cuando los encuentran los aventureros de las películas...
Patrick Rothfuss
que en dos semanas ha escalado a la lista de superventas... y es que los fans de novelas fantásticas lo esperaban con ganas. Puedes leer la primera parte en tu biblioteca ¿dónde si no ?
viernes, 18 de noviembre de 2011
Nasrudin

Los sufís constituyeron una corriente mística -que nosotros conocemos más como la filosofía de los derviches-, que utilizaba la parábola y el cuento para transmitir sabiduría, como casi todos los pueblos místicos de la historia.
Los cuentos sufís no son sólo relatos ni meras historias contadas con cierta gracia o con moraleja iniciática. En realidad, los cuentos sufís son una vía para el conocimiento, donde la metáfora se conjuga con la evolución espiritual y donde el conocimiento místico de lo arcano se revela a través de lo simple.
El protagonista de las historias sufís es siempre el mismo, se llama Nasrudin y es un personaje muy particular. A veces es un viejo decrépito, a veces es un joven; otras, un sabio y otras un torpe o un tonto. También aparece como un hombre adinerado, o como un mendigo.
Específicamente en esta historia, Nasrudin es un hombre que, por alguna razón que él desconoce, ha cosechado fama de ser lo que entre los sufís se denomina "un iluminado", esto es, alguien que ha logrado un cierto conocimiento sobre cuestiones importantes y trascendentes para otros. Él, sin embargo, sabe que en realidad no sabe nada; está convencido de que lo único que él ha hecho es viajar y escuchar, pero que con certeza no tiene grandes cosas para decir.
La historia cuenta que había en una localidad un hombre sabio que a los aldeanos le parecía por un lado una persona interesante y, por otro un extravagante.
El caso es que le solicitaron que les predicase. El hombre aceptó, pero el día en que los pueblerinos se reunieron para escucharle, intuyó que los asistentes no eran sinceros en su actitud y, con talante sumamente equilibrado, les preguntó:
-Amigos, ¿sabéis de qué me dispongo a hablaros hoy?
-No - respondieron los aldeanos.
-En este caso no voy a deciros nada. Sois tan ignorantes que de nada podría hablaros que mereciera la pena. En tanto no sepáis de qué voy a hablaros, no os hablaré.
Los presentes, avergonzados y desconcertados, se marcharon a sus respectivas casas. Al siguiente día se reunieron y decidieron reclamar otra vez las palabras del sabio, quien les volvió a preguntar:
-¿Sabéis de qué voy a hablaros?
-Sí, lo sabemos –respondieron los aldeanos, que estaban preparados.
-Siendo así, no tengo nada que deciros, puesto que ya lo sabéis. Que tengáis una plácida noche.
En el comienzo de este cuento ya podemos apreciar cómo juega el sabio sufí con sus interlocutores. Tiene un claro objetivo: hacerlos reaccionar. Él intuye que no oirán sus palabras de corazón, y que solamente le piden que hable para saciar sus deseos de escuchar alguna verdad. Sin embargo, él tiene claro que, mientras ellos no se dispongan realmente a escucharlo, su prédica será en vano.
El cuento sigue:
Los vecinos, irritados, no se dieron por vencidos, y una vez más reclamaron la prédica del hombre que consideraban tan extraño, a la vez que revelador:
-¿Sabéis, amigos, de qué voy a hablaros?
Los aldeanos ya habían estudiado muy bien la respuesta que iban a dar para obligarle al sabio a disertar. Y contestaron:
-Unos lo sabemos, y otros no.
-Muy bien. En tal caso, los que saben que transmitan todo su conocimiento a los que por el momento no saben.
Cuando uno cree que lo sabe todo, no es capaz de recibir nuevos conocimientos. Pero cuando uno no sabe nada, ni siquiera lo que quiere, tampoco será capaz de abrirse a la verdad.
Este cuento, además, nos enseña que no vale la pena perder el tiempo con las personas que no deciden salir de la ignorancia; y que si en una comunidad hay personas de talento, es ocioso buscar un nuevo maestro.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Enjoy the Silence
Entre las cosas que muchos alumnos han dejado de entender (o nosotros de saber explicar) está por qué las bibliotecas deben ser silenciosas. La gente que va a la biblioteca a charlar o armar jaleo mata la posibilidad de disfrutar del silencio. Un silencio vivo, bullicioso a su manera. Y cada vez más infrecuente. De manera irreflexiva, automática, asociamos el silencio con la muerte o el totalitarismo. Sin razón: el totalitarismo es un disco rayado y estridente, y la muerte una zona inhóspita. Nada que ver con el silencio acogedor de una biblioteca, donde la gente, liberada del ruido, disfruta del espacio ganado y puede aprovecharlo para pensar o imaginar. Obedientes al prejuicio, en cuanto nos juntamos, o nos juntan, nos sentimos obligado a hablar a voz en grito (aunque no, por desgracia, a encontrar algo digno de decirse). Cada vez es más raro topar con gente que nos ahorre (y se ahorre) su charla y su estrépito: una rara cortesía. 'Gente en silencio' es ya casi un oxímoron.
No es solo que se agreda de forma desaprensiva contra el derecho de los demás a concentrarse, sin soportar nuestro ruido y nuestra incapacidad para centrarnos (como, en los últimos tiempos, se nos ha reconocido el derecho a no tragarnos el humo de los fumadores); es que la más mínima llamada a la racionalidad se siente (lo que ya es el colmo) como una agresión, un recorte a las libertades. Tenemos, piensan algunos, derecho a convertir la Biblioteca en una extensión del bar; después de todo, dirán para sí, ya hemos convertido las clases en algo muy parecido...
Uno se resigna, pues, a parecer tan estricto como sea necesario para poner dique a la grosería y la falta de educación. Por mucho que nos enfrentemos a una inercia poderosa, la decisión de no ceder a ella, aunque problemática, siempre es posible. Gracias a los que así lo comprenden —y espero que los que no se han parado a pensarlo tengan la oportunidad (en lo que callan un instante, para leer; quizás pensar) de hacerlo.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Los huesos, esos desconocidos
(De La Enciclopedia Visual de las Preguntas -El cuerpo humano). David-Lengua
Enciclopedia visual de las Preguntas
Estos libros entran muy pronto por la vista, y te enganchan a leer (aprendes curiosidades en cada página). Os animo a hojearlos, leerlos y disfrutarlos. (¿me dejaréis alguno la próxima semana?). DAVID Lengua
jueves, 10 de noviembre de 2011
Tu carne olía ricamente a otoño

Una pequeña paradoja: según pasan los años, la riqueza de la literatura no hace más que crecer, al sumarse nuevos autores y obras y un mejor conocimiento de los que ya había. Sin embargo, nuestros temarios de Lengua Castellana y Literatura menguan, cada vez más simplificados y ramplones, como si todos nos hubiéramos resignado a la idea (más bien descortés, y para nada justificada) de que los jóvenes actuales solo pueden retener unos pocos nombres (los indudables: Bécquer, Baroja, Machado, Cela...), y aun de estos, bien poca cosa (dos o tres títulos y alguna generalidad más o menos gaseosa).
Solo así se explica que en nuestros apuntes y libros de texto nunca se hable, por ejemplo, de Tomás Segovia, un gran poeta español y mexicano que ha muerto esta semana en México. Poco o nada tenía Segovia de 'autor menor': muy al contrario, se trata de un verdadero gigante de nuestras letras, un torbellino de ideas e imágenes que no solo se mantuvo activo hasta sus últimos años, ya octogenario (Sófocles, recordemos, escribió una de sus obras maestras, Edipo en Colono, con noventa inviernos), sino que en opinión de algunos críticos fue a mejor con el tiempo, subiendo en cada poemario o libro de ensayos la apuesta del anterior.
En vez de la proverbial torre de marfil en la que se encierra el genio a aburrirse y contárnoslo, Segovia pasaba sus tardes en uno de los cafés más bulliciosos de Madrid, el Comercial. Necesitaba, decía, el ruido para poder concentrarse; y no era difícil sacarle por unos minutos de su tarea para mantener una conversación sobre lo divino y lo humano. Pocas veces un autor estuvo tan al alcance de sus lectores, y tan dispuesto a departir con ellos.
En nuestra querida Biblioteca no tenemos aún ninguno libro de Tomás Segovia, pero no pasará este curso sin que lo solucionemos. De su antología En los ojos del día (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2003) os traigo hoy este poema, uno de sus Sonetos votivos, un ciclo amoroso en el que el poeta se atrevió a integrar en la literatura algunas palabras que todos conocemos y usamos, pero que siguen considerándose tabú, como si designaran (nada más lejos de la verdad) algo de lo que debiéramos avergonzarnos.
a húmedas hojas muertas, a resinas,
a cítricos aceites y a glicinas
y a la etérea fragancia del madroño.
Hábil como una boca era tu coño.
Siempre había, después de tus felinas
agonías de gozo, en las divinas
frondas de tu deseo, otro retoño.
Te aflojabas de pronto, exangüe y yerta,
suicidada del éxtasis, baldía,
y casta y virginal como una muerta.
Y poco a poco, dulcemente, luego,
absuelto por la muerte renacía
tu amor salvaje y puro como el fuego.