viernes, 9 de mayo de 2014

Como te lo digo

Con la cosa de que se acaba el curso, o casi, hoy escribí en la pizarra algunos principios sobre la lectura y el comentario de textos. A ver si los recuerdo.

1. Uno nunca se baña dos veces en el mismo texto.
2. El texto no es (solo) lo que (hoy) veo en él: there are more things. Siempre.
3. Continuidad de los parques: por cualquier texto se llega a todos los demás. Y a lo que no son textos.
4. Un texto no es una excusa para soltar todo lo que se me ocurra.
5. Sin embargo, el lector u oyente es el protagonista de la lectura o audición: lo que no le pase a él, no sucederá.
6. In dubio, pro texto.

 Los aforismos, afanados a fuentes varias, se explican bien solos. Pero quizá no sobren algunas consecuencias prácticas, que pueden afectar a algo tan mundano como la puntuación de un examen de Lengua o de Literatura Universal. Por ejemplo:

1. Un clásico (Calvino dixit) es un texto que nunca podemos dar por ya leído y comprendido. Lo que contiene rebasa todo cálculo.
1 (bis). La relectura es un placer por descubrir. Y es adictiva. Hay quien deja de leer para limitarse a releer. Y es comprensible: porque en cada vez regresan todas las anteriores, y late el presentimiento de la próxima. Con una intensidad siempre creciente.
2. Cualquier afirmación sobre el valor o el sentido del texto debe ir atemperada por la prudencia. Vemos los que vemos. Pero no somos los únicos que se asoman a esta terraza. Ni esta la única vez. Una interpretación posible de esta novela... es infinitamente preferible a Con esta novela, Kafka quiso decirnos que...
3. Para que el texto resuene en nosotros, debemos tener instalados otros muchos textos, músicas, imágenes: un mundo interior. El lector que solo lee por obligación es un lector capado: no tiene con qué relacionar lo que lee, fuera de un menú de sota, caballo, rey.
3 (bis). Un cuadro, decía Breton, es una ventana. Lo mismo un texto: constituye un punto de partida. El 'sentido' de un texto es una forma de aludir a sus conexiones con lo demás.
4.  Para evitar desbarres, todo lo que se diga de un texto debe tener la mínima cortesía de apoyarse en citas concretas del mismo.
5.  El autor ha muerto: literalmente, en general, pero si no viene a dar lo mismo. Por íntima que fuera su relación con el difunto, o el texto viudo se ennovia con el lector o duerme solo.
6. Que un texto nos llegue a través de siglos de azarosa trasmisión y entre en el canon no es garantía de su valor. Pero sí poderoso indicio. Por tanto, cuando un texto célebre no nos gusta o convence, cabe sospechar que nos estamos perdiendo algo. No sobraría darle una vuelta.
6 (bis). Puede suceder que el problema esté en el género: los lectores que lamentan el final de Romeo y Julieta no han entendido qué es una tragedia. O, lo que es lo mismo, no le han cogido aún el punto a ese tipo de cosa. Lo han probado poco.
6 (tris). A veces, hay que dejar entrar en uno bastantes cosas (estudiar convenciones, claves, etc.) antes de entender de qué va un texto. Pero cuanto más exótica es su naturaleza, más fascinante también, si acaba brotando en uno el gusto por lo poco trillado.

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